Paso pingüino.

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Amanece nublado.

Todo gris.

Mientras desayuno, por la ventana de la cocina, escucho unos golpes en la calle.

Dos “operarias de limpieza” (dos abuelas equipadas con una pala y una escoba de paja, pañuelo a la cabeza y chaleco distintivo) intentan partir los trozos de hielo del pavimento y amontonarlos a los lados.

En el hall de casa comienzo a vestirme con el montón de ropa que he sacado del armario.

Empiezo por los pies. Hay que superponer las capas.

Calcetines de nieve hasta la rodilla.

Mallas térmicas. Después unas mallas gordas para nieve. Camiseta térmica. Camiseta manga larga. Forro polar de cuello alto. Bufanda. Abrigo. Guantes térmicos. Manoplas impermeables. Gorro.

Empieza a entrarme calor y aún no me he abrochado la cremallera.

La mochila a la espalda, mejor llevar las manos desocupadas.

Estoy sudando. Apago las luces. Cierro la puerta. Tres vueltas de llave.

En la entrada, junto al felpudo, mis botas de nieve.

Salgo al portal y las abuelas siguen dando palazos contra el cemento de la acera.

Veo una chica con tacones agarrada a la papelera.

Me río.

No sé por dónde comenzar a avanzar.

Decido esperar quieta hasta que se acerque alguien con el fin de seguir su rastro. Pasa un joven, demasiado rápido. Espero quieta. Espero la llegada de una señora mayor confiando en que su trayectoria sea fruto de su experiencia

Mi plan no funciona. Ella resiste. Yo patino constantemente.

El recorrido hasta la parada de autobús no es más de cinco minutos. Han pasado casi veinte y aún sigo resbalando.

El espectáculo de tacones, faldas y caídas es una tentación para sacar la cámara.

El miedo a apartar los ojos del suelo o perder el equilibrio al abrir la mochila puede con el capricho de capturar el momento.

Según avanzo comprendo que es mejor llevar la boca cerrada, si caigo al menos no perderé ningún diente. Quizás sea uno de los motivos de las pizas de oro que algunos llevan en su dentadura.

La mochila por supuesto ayuda mucho a que la suerte pueda apoyarse en mi culo antes que en mi nariz.

La carretera o la nieve son las zonas donde parece que hay menos posibilidad de fracaso.

Monto en el bus pisando un profundo charco marrón que me cubre hasta el tobillo.

Sentada respiro profundamente.

Limpio el vaho de la ventana para contemplar con qué habilidad la gente permanece en pie por la calle.

Suena mi móvil. Un mensaje: “Evita salir de casa si puedes”.

Mi compañera me ha advertido un poco tarde.

Maldigo mi suerte.

Hace calor dentro del bus. Pero entran cuchillos cuando abren las puertas en cada parada.

Llegó el momento de bajarse. Creo que los toreros sienten lo mismo al entrar a la plaza. Tengo que salir del autobús entera, tal y como entré.

Tengo que llegar a la parada de metro como sea.

Bajo tierra no habrá más hielo.

Derrapo.

Me agarro a una farola.

Veo a un hombre sujeto a un árbol.

Me paro cada pocos metros observando los movimientos del resto.

Intento averiguar cuál será mi lotería para avanzar estratégicamente.

Nada funciona.

Mis suposiciones de colores, texturas, brillos o formas, tienen siempre las consecuencias opuestas a las que intuía.

Avanzo eligiendo los sitios opuestos a mis lógicas anteriores.

Derrapo.

Caigo.

Derrapo.

Los últimos diez metros hasta la boca de metro son interminables.

Cruzo las puertas de entrada.

Curiosamente mis pies mantienen “el paso pingüino” aún estando en suelo firme.

Sentada ya, dentro del vagón, observo todo el suelo mojado.

Pisadas y rastros en cualquier parte.

Mucha gente.

Todo silencio.

Personas en modo avión.

No hay interacción alguna.

Las capas de ropa les independiza socialmente más aún que los cascos o las pantallas de sus teléfonos.

Me asombra ver que ni si quiera abren las cremalleras de sus abrigos.

Intuyo que su aclimatación al ambiente es mejor que la mía.

Parezco una menopáusica en plena crisis cuando aún no tengo ni treinta.

Me río.

Noto alguna mirada extraña.

Sonrío y bajo la mirada.

“Qué cojones hago yo patinando en Ucrania”.

Sonrío de nuevo.

Fuera gorro.

Fuera bufanda.

Fuera manoplas.

Abro la cremallera del abrigo.

Respiro.

Ya sólo queda una parada.

Cojo aire.

Abrocho cremallera.

Ato mi bufanda.

Me pongo el gorro.

Encajo las manoplas.

Subo bien agarrada al pasamanos de las escaleras mecánicas.

La inclinación de la escala puede rozar casi el vértigo.

Cojo aire.

Salgo a la calle.

Derrapo.

Río feliz imaginándome qué perfil se adapta mejor a mi estilo.

Las muñecas de Famosa.

Robocop.

Chiquito de la calzada.

Michael Jackson.

Derrapo.

Río.

Derrapo.

No exagero.

Mi asombro aún sigue activo.

Ha sido un día eterno.

Y ahora me pregunto,

qué será de mí cuando llegue oficialmente el invierno.

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“UAthentic art stash” workcamp en Петриковка.

Durante dos semanas estaré en un campo de trabajo que coordina mi organización ucraniana. El workcamp se llama “UAthentic art stash”. Estaremos en una pequeña población construyendo una vivienda tradicional ucraniana y aprendiendo las técnicas artísticas de decoración que utilizan.

Comenzaré por el viaje de salida y las primeras impresiones de esta nueva aventura.

Salimos de Kharkiv a las 7:15 de la mañana en un bus realmente cutre, antiguo y destrozado, en el que ni si quiera nos dejaron meter las mochilas al maletero, por lo que tuve que cargar con ella en mi asiento todo el rato. Digamos que tras conocer los trenes nocturnos ucranianos, sus comodidades, no esperaba retroceder en el tiempo tanto cuando me encontré dentro de esa tartana llena de iconos ortodoxos en la cabina del conductor, cortinas antiguas, ventanas sucias, asientos mugrientos y nada de ventilación.

El billete de bus de Kkarkiv a Днепропетровск cuesta 91,30 UAH (5,63 €) son 218 km y tardamos casi 5 horas en llegar incluyendo varias paradas en el recorrido junto con una pausa de 10 minutos para los valientes que quisieran ir al baño o comprar algo de comida en medio de un gentío de vendedores ambulantes, señoras mayores con productos de sus tierras como albaricoques o mazorcas de maíz cocidas.

Durante el recorrido nos topamos con un control militar. Detuvieron el autobús y varios hombres con ropas militares, armados, rodearon el vehículo. Uno de ellos subió al autobús y comenzó a pedir la documentación. Un nudo en mi garganta y el estómago contraído: viajo sin pasaporte y no quería tener problemas. Comencé a buscar mi diccionario en la mochila y preparar la documentación que llevaba explicando los motivos por los que no tenía mi pasaporte conmigo puesto que se ha quedado en la oficina para los trámites de obtención de permiso de residencia ucraniano. Llevo una fotocopia, otra del visado, y un documento sellado como evidencia de que me encuentro en pleno proceso burocrático. Pero no me esperaba tener que enfrentarme a la situación tan pronto. Cuando el militar se acercó y revisó los documentos de tres hombres que había delante mío, después al compañero de mi derecha, y pasó de largo. En ese instante comprendí que sólo estaba identificando a los hombres. Suspiro inmenso. Escondí todos los papeles lo más rápido posible y cerré los ojos.

Sobre el medio día llegamos a la estación de autobuses de Днепропетровск nos encontramos un panorama de pasillos llenos de tiendas de todo tipo a modo de bazar que no ayudaban demasiado a orientarse ni localizar a nuestro contacto.

Compramos el billete para ir desde Днепропетровск a Петриковка, que fueron 23 UAH (1,41 €) 52km y continuamos el viaje en otro autobús. Esta vez algo más pequeño, lleno de gente incluso en el pasillo de pie, afrontando una hora más de trayecto.

Tras llegar a nuestra parada en Петриковка sobre las 13:30 nos encontramos con una antigua estación de buses y un par de tiendas cerca. Mi vejiga necesitaba un respiro porque desde las 6 de la mañana que habíamos salido de Kharkiv, no había encontrado el momento ni el lugar, pero los servicios de aquel sitio no invitaban a ello. Nada más entrar allí, los olores, las moscas, el estado en el que se encontraba… Volvíamos a retroceder en el tiempo. En situaciones como esas me acuerdo de la primera vez que viajé al Sáhara Occidental. Ni punto de comparación. Pensé que mis viajes al desierto y a la pobreza de los campos de refugiados me habían curado de espanto, pero resulta que aunque aquí estén alejados de África, las condiciones no son precisamente mejores.

La humedad, el calor y la falta de aire fresco, nos acompañaban desde el primer momento. Había que beber agua continuamente pero el cansancio y el hambre tomaban posiciones.

Allí esperando, medio dormidos sobre nuestras mochilas, en aquel apeadero de Петриковка impacientes porque nos llevasen a la zona donde íbamos a alojarnos.

Vinieron a recogernos en una furgoneta. Nos adentramos en el medio rural aún más. Cada vez nos distanciábamos más del pueblo. Kilómetro tras kilómetro contemplando un paisaje estupendo con campos de maíz, girasoles, y otros cultivos.

Llegamos a una propiedad típica y tradicional ucraniana. Paredes blancas con flores pintadas decorando la fachada, los marcos de las ventanas, el pozo, y cualquier tipo de cobertizo. Muchos árboles frutales y adornos populares. Gallinas, cerdos, ocas, conejos, pavos, gatos y un par de perros completaban la escena. Cada vez más lejos de la ciudad,  de cualquier zona de confort y más cerca de nuevas aventuras.

Un pequeño paseo. Reconocer el terreno y enseñarnos las cosas más importantes. Entramos en la vivienda nos íbamos a alojar:  una casa antigua decorada a la manera tradicional, cortinas de raso, pañitos bordados, cerámicas pintadas, cenefas de flores en las paredes, cintas de colores, utensilios antiguos por todas partes.

El servicio – wc – está a unos 2 minutos de la casa donde dormimos. Frente a los cerdos y junto a los conejos. Cuando abrí la puerta de aquella caseta de madera, ya sabía lo que podría encontrarme dentro.

También tenemos una “eco-friendly” ducha. Otra caseta de madera en el exterior con un depósito de agua encima que se rellena con el agua de un pozo o de la lluvia. Ideal para despertarse por la mañana y dar un par de gritos.

Afortunadamente aunque no tenemos agua corriente, hay electricidad, frigorífico e incluso microondas. Y finalmente conexión a internet y wifi.

La familia que regenta la propiedad es un buen ejemplo del carisma rural ucraniano. Una sonrisa constante, predisposición para entendernos aún sin hablar el mismo idioma y voluntad para ayudarnos en todo momento.

Tras una fantástica comida casera (sopa completa, ensalada, vareniki de patata, y unos bollos rellenos de frutas deliciosos) nos tuvimos que refugiar durante horas en el cobertizo. Primero una tormenta, lluvia intensa y finalmente un granizo increíble del tamaño de cúbitos de hielo.

Varias horas retenidos por las lluvias que nos sirvieron para hablar más con la familia y que nos enseñaran una muestra de todas las manualidades que aquí elaboran como buenos artistas y artesanos que son. Desde bordados, pinturas, alfombras, muñecas de trapo y útiles de madera pintados. Todo decorado con un exceso de adornos florales y vegetales que hacen que cada pieza merezca su reconocimiento.

El terreno se había llenado de barro y grandes charcos. Era casi imposible volver a la casa por el camino habitual por lo que encontramos una nueva vía para evitar así las zonas de barro de los cultivos.

El día termina en una estrecha cama de muelles, sin colchón, en una habitación azul llena de flores. Maravilloso.

Es fin de semana y no trabajamos. El lunes comenzaremos nuestras tareas. Hemos venido aquí a construir una vivienda al estilo tradicional (paredes de adobe, tejado de paja), encalarla, y decorarla posteriormente si nos da tiempo. Nos esperan dos semanas de trabajo intenso, rodeados de un paisaje precioso, aire puro, tranquilidad y una inmersión completa en la cultura ucraniana rural.

El campo de trabajo tiene dos coordinadores (mi compañera polaca Bárbara y un chico ucraniano, Volodimir) junto con media docena de participantes. Haremos un buen equipo y esperamos cumplir con nuestras tareas.

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La anécdota de la vaca.

A los poquitos días de aterrizar de nuevo en Kharkiv, Este de Ucrania mi agenda tenía marcado otro viaje para el siguiente curso de formación de la Comisión Europea, pero me voy a centrar en una anécdota graciosa para que veáis mis torpezas intentando aprender la lengua rusa.

Resulta que íbamos camino del hotel en un taxi, en una zona muy rural, mi compañera de trabajo y yo, cargadas con todo el material que la organización necesitaba para el curso al que asistíamos como participantes pero también como equipo técnico.

Partimos de la famosa ciudad de Lviv, al Oeste de Ucrania, en dirección a Pustomiti, a un pueblecito muy pequeño donde hay un resort hotelero de retiro, naturaleza, junto a unos lagos y un paisaje precioso.

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Un taxista muy peculiar, con rasgos muy característicos y un par de dientes de oro. Un taxi bastante descuidado, la bandera de Ucrania en el salpicadero y un icono ortodoxo presidiendo la escena bajo el retrovisor central. Aquí una servidora iba de copiloto, mi compañera Bárbara en el asiento trasero junto con nuestro equipaje y el maletero cargado al completo de material.

Un trayecto de unos 20km lleno de baches, botes, haciendo zig-zag con el taxi y recorriendo el doble de pista con tal de no dejarse los bajos en ningún socabón. 

Bárbara y yo hablando en inglés a voces para escucharnos desde el asiento delantero al trasero, las ventanillas abiertas, la radio de fondo, mientras el señor taxista me preguntaba todo tipo de cosas en ruso para amenizar el trayecto. Después de varias frases me solté, y aproveché para decirle que en España tenemos a Fernando Alonso y solemos pisar el acelerador un poquito más para pagar menos en el taxi. Captó la indirecta, pero nuestros traseros experimentaron los baches también.

Yo, toda orgullosa de haberme entendido en ruso con el señor, seguía prácticando vocabulario y frases de cortesía, mientras él se reía libremente de mis esfuerzos intentando descifrar mis composiciones lingüísticas. Mi valentía y esparpajo avanzaban más rápido que el velocímetro del taxi.

Nos adentramos en la pequeña población donde está situado el resort hotelero. De nuevo, oso a animar al taxista a aligerar el ritmo, giramos una calle a la derecha y nos topamos de frente con una señora tirando de una vaca enorme. 

Y aquí viene la escena, (con transcripción fonética)

María: “savaca”! “savaca”! STOP! “savaca”!

Taxista: niet! niet! niet sobaka!

María: “savaca”! “savaca”! STOP! STOP!

Baja la velocidad. Parados en el centro de la carretera. Bárbara desde el asiento trasero riéndose sin parar. El taxista a carcajadas enseñándome sus dientes de oro casi con flato de la risa. Mi cara todo un poema ante tal situación. La señora con la vaca se retiran. Siguen las risas dentro del taxi. Y yo sigo agarrada al salpicadero mirando al animal, sin enterarme de nada.

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Para aclarar el chiste: en ruso “собака” (sobaka) significa “perro”, mientras que “vaca” se dice “корова” (korova). Después de ese día nunca más confundiré esas dos palabras.

Ucrania – España – Ucrania, camino del visado.

Llevaba un tiempo buscando la ocasión para poder escribir en el blog todo lo sucedido durante las últimas semanas ya que como muchos sabéis he estado de visita por España. Hoy, ya instalada nuevamente en mi dirección ucraniana, es el mejor momento para proceder a ello.

Anteriormente me había desplazado desde Kharkiv, la ciudad donde vivo al este de Ucrania, a Kiev para coger el tren dirección a Slavsko, donde tuvo lugar el último curso formación al que asistí para iniciarme dentro del servicio de voluntariado europeo, podéis leer el post anterior si alguien quiere más detalles al respecto.

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Desde Slavsko viajé a Lviv en un antiguo tren ucraniano atravesando las montañas cárpatas. Recorrimos unos 132 km en aproximadamente 4h 30min. Momento en el que añoré enormemente un simple cercanías madrileño que comparado con aquel escenario sería un viaje de lujo. El precio del billete de Slavsko a Lviv es de 11 UAH (grivnas) lo que supone al cambio 0,68€. Los vagones eran un auténtico reflejo de la Ucrania más rural y humilde. Sin aire, bancos de madera y con vendedores ambulantes que ofrecían desde cuadernos con crucigramas, estampas religiosas, pipas de girasol e incluso helados que transportaban en dudosas condiciones. La variedad de pasajeros ofrecía todo un abanico de sujetos: señoras mayores con sus bolsas de rafia y pañuelo en la cabeza, pescadores con cubos llenos de trofeos recién capturados, agricultores que viajan a la capital a vender sus productos caseros, familias con niños, trabajadores, pero ningún turista. Éramos nosotros (una polaca, un italiano y yo) el centro de atención de todas las miradas. El vagón entero disfrutó de un largo viaje pendiente de cada uno de nuestros movimientos, escuchándonos hablar en un idioma extraño, vestimenta distinta y accesorios irreconocibles para muchos. Nos señalaban, nos observaban, sentías cómo su curiosidad recaía sobre nuestros gestos.

En este trayecto los pasajeros aprovechan para dormir, charlar, leer, o hablar con la gente que encuentran. Aquí no están pendientes de las pantallas de sus smartphones. Aquí no hay ni 3G y en esta zona a penas se ven pantallas táctiles. Se disfruta del viaje, del paisaje impresionante de las montañas cárpatas, de cómo el viento mueve las hojas de los árboles, de cómo cruzamos ríos y pequeñas estaciones escondidas. El tiempo parece que no avanza nunca. Reflexiono interiormente lo que supondría en épocas anteriores los largos desplazamientos. El tren viajaba casi a menos de 30 km/h, el calor era increíble, y dado el estado del cuarto de baño era mejor no beber mucho líquido durante el trayecto.

Tras un viaje fascinante repleto de miradas punzantes y una postura poco confortable sobre el banco de madera, llegamos a la estación central de tren de Lviv. Tuve la ocasión de disfrutar una vez más de casi un día en esta maravillosa ciudad y emprendí el viaje a España para conseguir el visado ucraniano. A mi paso por Lviv también tenía que recoger allí un documento imprescindible para tramitar mi visado que lamentablemente no llegó a tiempo y tuve que abandonar la ciudad sin ello, dificultando todo el proceso que os relataré a continuación.

Anteriormente había entrado en Ucrania con mi pasaporte español que como turista te permite estar 90 días en el país, pero que evidentemente no es suficiente ya que mi proyecto tiene una duración de 10 meses. Hay que comenzar el proceso de documentación que certifique legalmente mi presencia en la zona. Para ello primer paso es conseguir un visado, motivo por el cual viajé a España a la embajada ucraniana.

Estaba en un sencillo albergue del centro de Lviv pasando la noche y a la mañana siguiente comenzó la aventura sólo con una mochila como equipaje de mano y acompañada del dolor de un esguince de tobillo de la semana anterior. Desde el centro de Lviv al aeropuerto en taxi, unos 30 minutos, 40 UAH (2,47€). Y allí, casi a medio día, comienza mi tránsito aéreo por aeropuertos internacionales con una combinación de vuelos de lo más estresante.

Quisera aprovechar para contaros la tremenda situación que tuve al pasar el control de pasaportes en Lviv donde la guardia fronteriza me retuvo alegando que yo no era la misma persona que la foto y por lo tanto no me dejaban abandonar el país con dicha documentación. Mi ruso aún es muy limitado como para poder argumentar nada, y el inglés que hablan ellas (porque todas eran mujeres) era igual de escaso. Rasparon con sus uñas cada página de mi pasaporte, lo escanearon, llamadas telefónicas, búsquedas en el ordenador, un montón de preguntas. Según la policía mi imagen actual no se corresponde a mi foto del pasaporte en la que aparezco con pelo corto negro y ahora melena larga color castaño. Motivo suficiente como para sospechar de mí y retenerme ante la ventanilla.

Mis nervios comenzaron a alterarse. No dejaba de mirar el reloj. Allí parada, con mi mochila, enseñando un montón de papeles con sellos europeos explicando qué estaba haciendo en Ucrania. Tampoco entendían por qué había entrado al país por el este, en Kharkiv, y ahora salía por el oeste, Lviv. El reloj avanzaba y aquella policía no dejaba de mirarme fijamente a los ojos mientras ponía a prueba mi paciencia. Gracias a la intervención de otra policía que entendía algo más de inglés, al final conseguí el sello de salida y pude ir corriendo a la puerta de embarque pensando que estaba a punto de perder el primer vuelo y enfrentarme a un buen problema. Tenía tres vuelos que coger para poder llegar a Madrid y cruzarme prácticamente Europa de Este a Oeste.

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Volaba de Lviv a Milán con la compañía low-cost Wizzair. Al llegar sofocada a la puerta de embarque mis nervios se terminaron instantáneamente al comprobar que el vuelo salía con retraso y no perdía el avión. Pero el retraso comenzó a incrementarse y los nervios a aflorar. De nuevo mi reloj avanzaba pero el avión ni si quiera estaba en pista. Finalmente el embarque fue fugaz y despegamos cuando casi aún no estaban todos los pasajeros sentados. Tras unas dos horas de vuelo (pero ganando una hora en el reloj) aterrizo en Milán donde supuestamente tendría casi otras dos horas de espera. Mi sorpresa fue que el siguiente vuelo salía de una terminal diferente a la que había llegado y eso supuso salir del aeropuerto, coger un autobús, llegar a la otra terminal, pasar los controles y correr para llegar a la puerta de embarque porque a las 15h salía mi vuelo dirección Barcelona con easyjet.

Tras hora y media de Italia a España llegué a Barcelona como pasajera en trásito camino de mi último vuelo. Otra vez me toca pasar los controles del aeropuerto para salir fuera, coger un autobús, cambiar de terminal, pasar los controles de entrada y llegar al embarque de mi último trayecto dirección Madrid mirando el reloj cada segundo. Despegábamos supuestamente a las 18:10h y llegaba a las 19:30h a la capital, pero vueling también despegó con retraso. Ya no había nervios. Me daba igual esperar, era el tercer y último vuelo del día.

Finalmente llego a la T4 de Madrid sana y salva con mi mochila a la espalda. Con esa satisfacción de no tener que esperar a que salga el equipaje y poder cruzar la puerta de salida corriendo para abrazar a quienes me estaban esperando impacientes.

Después de descansar y dormir unas cuantas horas plácidamente ya en España, retomé mi objetivo principal: conseguir el visado en la embajada ucraniana. En el caso de que a alguien pudiera servirle de ayuda, os voy a contar cada detalle para tramitar el visado. Primeramente: no contestan al teléfono en ningún momento del día, ni a los emails. Es imposible comunicarse con ellos previamente para cualquier consulta. Acudí a la página web donde tampoco encontré respuestas a mis dudas. 

Para tramitar un visado hay que presentar varios documentos que acrediten tu presencia en el país, como cualquiera pueda imaginar o habrá experimentado. En mi caso tuve que esperar varios días a que llegase desde Ucrania por mensajería urgente el documento que me faltaba y no pude recoger antes de irme de Lviv, que era una carta de invitación para la embajada donde se detallaba mi proyecto bajo el fondo de la Comisión Europea. Hasta que no tuve en mi posesión dicho documento no pude ir a la embajada en madrid y tan sólo tenía en España dos semanas antes de que saliera mi vuelo de vuelta.

Embajada Ucrania en Madrid

Embajada Ucrania en Madrid

La embajada de Ucrania en Madrid está a las afueras de la ciudad, en un buen chalet por Arturo Soria, lejos de cualquier combinación de transporte público. Más que recomendable llevar el GPS o un mapa porque no es fácil encontrarlo y nadie en la zona conoce su ubicación. Llegué a primera hora. Abren a las 9 de la mañana. La oficina ya estaba llena de gente haciendo colas. Todos me miraban. Aparentemente era la única española. Todos los carteles, indicaciones y paneles estaban escritos en ucraniano. Ni si quiera sabía en qué cola tenía que ponerme. La persona de la ventanilla me atendió directamente en ucraniano. Incluso al decirle en español que no hablaba su idioma siguió hablándome en ucraniano. Tuve que decirle con el poco ruso que hablo, que por favor no le entendía. 

Una señora que estaba allí esperando me resolvió la duda sobre en qué cola tenía que situarme para mis trámites. No era capaz de descifrar ninguno de aquellos carteles y aunque todos me oyeron preguntar, sólo esta amable persona fue capaz de acercarse a mí y hablarme en español para ayudarme. Experimenté un gran rechazo como extranjera, mucho mayor al que había sentido el mes y medio anterior en cualquier situación en Ucrania a pesar de que estaba en España aunque en su embajada. Todo un contraste de sentimientos e impotencia burocrática.

Después de una larga espera cuando llegó mi turno en la ventanilla adecuada, mostré todos los papeles que llevaba conmigo: la carta de invitación, los certificados como voluntaria europea, las acreditaciones de la organización para la cual trabajo y el resto de documentos. Tras el cristal ahumado y sin a penas poder identificar con facilidad a la persona que me estaba atendiendo, simplemente me deslizaron por la ranura un papel, la solicitud de tramitación de visados, y gritando en ucraniano llamaron a la siguiente persona intuyendo que mi turno había terminado a pesar de estar haciendo aún preguntas.

Recojo todos los papeles que tenía allí extendidos y me retiro a una de las mesas para rellenar cada apartado con un montón de papeles en ucraniano que ni si quiera sé leer. De nuevo la señora de antes me ayudó (спасибі!), incluso me dio su boli. Fue la única persona en toda la sala que tuvo la amabilidad de ayudarme, hablarme en mi idioma y resolver la situación. 

Vuelvo a la fila a presentar toda la documentación, los papeles, dos fotos de carnet y se quedan con mi pasaporte. El pago del visado regular (59,54€) se hace mediante tarjeta de crédito (también se puede abonar en el banco pero supondría tener que regresar en otro momento) y me dan un plazo posterior a mi billete de vuelta para recoger el visado. Intento hablar con ellos para tramitarlo de manera expres pagando el doble -que es la otra posibilidad- pero incomprensiblemente no consigo dicho servicio.

Me sentí realmente extranjera (en una embajada dentro de mi propio país), rechazada y tratada con poca amabilidad, por no decir ninguna. Estas situaciones son las que nos enseñan en primera persona a ponernos también en la piel de todos aquellos extranjeros inmigrantes que están en España y a los que no siempre atendemos correctamente.  

Evidentemente tuve que hablar con mi organización ucraniana, cambiar el billete y retrasar el vuelo otra semana más para poder regresar con el visado.

Durante los días en España aproveché para ir al médico con el esguince de tobillo que llevaba arrastrando desde las semanas anteriores y que las carreras de aeropuerto en aeropuerto habían empeorado. Todavía no había conseguido hacer el reposo suficiente y seguía con el pie hinchado. 

Oficina de atención

Oficina de atención

La aventura del visado aún no acaba aquí: tuve que ir a recogerlo en la fecha indicada y encontrarme con otra situación desagradable en la embajada, la puerta cerrada. Me atendieron desde el telefonillo de la verja. Me hicieron un montón de preguntas en plena calle, me pidieron mis datos y me sugirieron regresar al día siguiente por la mañana o esperar en la calle más de media hora. Intuyo que lo que sucedió es que no tenían hecho el visado y en ese rato que estuve sentada en el bordillo, 40 minutos de reloj, procedieron a tramitarlo al mismo momento que yo esperaba fuera. 

La acera estaba llena de coches oficiales de la embajada ucraniana y en la calle contigua una patruya de la policía nacional española haciendo guardia.

Finalmente una trabajadora ucraniana salió a la calle con mi pasaporte y el libro de registro para que lo firmase. En ningún momento me ofreció entrar a la oficina ni me quiso explicar por qué me estaban atendiendo en la calle. Me pidió que firmase el registro como que recogía mi pasaporte no sin antes haber tenido la precaución de pedirle toda la documentación que había presentado, puesto que son papeles oficiales que necesitaría para el siguiente trámite que tengo que realizar. Cuando finalmente tuve todos los papeles en mi poder, firmé el libro de registro y me fui a casa con el visado por fin en mi poder.

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El lunes 16 de junio de 2014 a las 14:35 h españolas, despegó mi vuelo desde la T1 de Madrid dirección Estambul. Allí una escala de unas 5 horas, más 45min de retraso en el siguiente vuelo de Estambul a Kharkiv. Aterricé casi a las 3 de la mañana ucranianas. 

Cuando el cansancio se apoderaba de mi cuerpo me tocó pasar el control de pasaportes que de nuevo estaba custodiado todo por policías mujeres. Nunca sabes cómo elegir la que aparentemente puede ser más amable, y una vez más mis criterios me engañaron. Tuve que volver a tragar saliva cuando incluso enseñando el visado tramitado por su propio país, me cuestionaba mi presencia allí y todos los sellos que tenía anteriores. Finalmente todo quedó en unos minutos de preguntas y detalles minuciosos para retomar las pocas frases que he conseguido aprender en este tiempo.

De nuevo en el este de Ucrania y con un visado de 45 días, ahora es el momento de comenzar a tramitar el siguiente documento: el permiso de residencia -conocido como подписка (podpiska)- y que ya de entrada me han advertido de la dificultad que supondrá tramitarlo por la cantidad de documentación que exigen.

Gracias a todos los que habéis aguantado leyendo este post hasta la última línea, a quienes me mandáis ánimos y mostráis preocupación ante la situación que está viviendo el país. Deciros una vez más que me encuentro perfectamente y que no hay mejor experiencia que salir de la zona de confort para aprender constantemente.

Curso de formación: OAT para EVS

Tras mi viaje en tren desde Kharkiv, pasando por Kiev, llegué a Slavske casi un mes después de aterrizar en Ucrania. Ahí comienza mi curso de formación como voluntaria europea. En la jerga oficial se conoce como OAT (On Arrival Training) para EVS (European Voluntary Service). Lo organiza la agencia SALTO – Youth EECA, Eastern Europe and Caucasus Resource Centre.

El curso tiene lugar en las montañas cárpatas del oeste de Ucrania, donde nos reunimos los EVS de Europa del Este que acabamos de comenzar nuestro proyecto con la finalidad de ayudarnos e introducirnos en el programa. El pueblecito se llama Slavaske, una zona muy rural, donde tan sólo en invierno reciben a algunos turistas. La pequeña población no tiene mucho comercio, aunque hay varios hoteles que fortalecen la zona. El tren cruza el pueblo varias veces al día, siendo el único ruido que irrumpe en la serenidad de las montañas.

El hotel es un pequeño resort rural en una zona de montaña muy popular en el oeste del país sobre todo en época de esquí, aunque también en verano es muy común para una buena escapada local.

No puedo evitar resaltar el grupo de ovejitas que hay en el hotel, el mejor corta césped que existe. Al parecer es bastante habitual que hoteles de este estilo tengan animales de la zona bien sea para aprovechar sus productos o como en este caso, para dejar el césped a punto.

Tenemos dos personas encargadas de la formación, una supervisora de la propia agencia SALTO, y una coordinadora general. Somos un total de 12 EVS y la mayoría nos hemos incorporado a nuestros respectivos proyectos en el último mes. 3 españoles, 3 polacas, 2 italianos, 2 franceses y 1 portugués. Los EVS de Bielorusia no han podido venir al curso por motivos relacionados con la situación política actual, así que finalmente sólo estamos aquí los EVS de Ucrania y Moldavia.

Desde la tarde del jueves 15 de mayo y hasta el martes 20 mayo, tenemos una agenda llena de sesiones intensas de introducción al EVS, interculturalidad, Erasmus+, información general, conflictos y condiciones generales. Se trata de una toma de contacto directa con la teoría y las normas que regulan los programas de EVS en Europa del Este. Actividades en grupos, momentos de reflexión personal, debates, presentaciones, dinámicas y todo tipo de retos. 

Todos los programas de EVS dedican un 25% al desarrollo de un proyecto personal. Lo que supone que si como voluntaria europea trabajo 5 días a la semana, me corresponde más de uno de esos días para dedicarlo a mi proyecto personal. En el curso de iniciación se ha hecho mucho hincapié en cómo queremos encaminar nuestro proyecto, qué ideas tenemos, qué queremos conseguir y cuál es nuestra meta. El proyecto personal de cada EVS está relacionado con los mismos sectores en los que tenemos firmado nuestro acuerdo, en mi caso es el Arte.

Dentro del programa del curso tuvimos también una tarde libre donde hicimos una excursión a las montañas. La sorpresa fue el transporte: un camión antiquísimo para todos que nos regaló unas cuantas risas y varios botes en el culo. Las subidas fueron impresionantes, respirar un aire puro y disfrutar de un paisaje formidable. Pudimos también visitar un memorial que hay en la zona a Stepán Bandera, el líder nacionalista ucraniano que tuvo un papel muy relevante en la Segunda Guerra Mundial ayudando a muchas familias a refugiarse en las montañas.

Tras los días del curso y unas buenas jornadas de reflexión personal comienzo a esbozar una idea sobre lo que podría plantearme desarrollar como proyecto personal. 

Los temas tratados durante estos días han sido principalmente todo lo relacionado con el EVS, las modificaciones del programa Erasmus+, Youth in action, la figura del mentor, el seguro médico, las responsabilidades como EVS, el proyecto personal, la organización de envío y la organización de acogida.

Durante estos días de trabajo se llega a hacer una auténtica piña con los asistentes, trabajando codo con codo en cada sesión junto a los monitores y clarificando todas las cuestiones y dudas que tenemos como principiantes.

Dentro de unos meses volveremos a encontrarnos todos en un nuevo curso a mitad de nuestra estancia como EVS.

Kharkiv – Kiev – Slavske

La siguiente aventura comienza con otro viaje en tren para ir a lo que los EVS conocemos como OAT (On Arrival Training) o curso de iniciación al Servicio de Voluntariado Europeo, donde nos juntaremos todos los EVS que acabamos de comenzar nuestros proyectos en Ucrania, Moldovia y Bielorusia.

Captura de pantalla 2014-05-18 a la(s) 16.39.01Mi itinerario está formado por dos viajes en tren muy diferentes. El primero de ellos sale de Kharkiv a las 6:56 de la mañana del jueves 14 mayo. Un tren regional, con asientos bastantes cómodos -si viajas en segunda al menos- y un ambiente muy tranquilo.

Nada más llegar a la estación de Kiev me asombran las enormes lámparas del hall principal y cómo los taxistas están al acecho de todos los viajeros, principalmente extranjeros. En Ucrania es común negociar el precio del viaje en taxi antes de montar, por lo que generalmente se recomienda llamar por teléfono a la centralita y acordarlo, ya que coger un taxi a pie de calle puede ser más caro. 

Una vez en la estación lo primero que hice fue buscar la consigna para dejar la maleta y así liberarme del bulto. Una tarea aparentemente sencilla pero cualquiera que haya estado allí puede confirmarme que no basta con seguir los carteles que te guían hasta las taquillas automáticas, sino que se convierte en un laberinto. 

Tenía 7 horas en la capital por lo que después de un almuerzo rápido y otras gestiones administrativas, tuve oportunidad de visitar el centro a pesar de la molestia que supone tener un esguince de tobillo.

Junto a la estación de tren está la estación de metro “Vokzalna”, y por 2 UAH tienes una ficha para entrar. 

El metro de Kiev fue el primero de toda Ucrania y es el medio de transporte más popular en la capital. Largas escaleras mecánicas que parecen no terminar nunca donde los pasajeros siempre van situados a la derecha y sujetos al pasamos, casi sin excepción. 

Cogemos la línea 1 (roja) hasta Khreshchatyk donde conecta con la la parada de Maidan Nezalezhnosti de la línea 2 (azul). 

Maidan Nezalezhnosti ( Майдан Незалежності en ucraniano) es la plaza de la Independencia y está situada en pleno centro de la ciudad, en la calle Jreshchátyk. Popularmente se conoce como “Maidan”, la plaza. Y después de las últimas revueltas y manifestaciones también se refieren a ella como “EuroMaidan”.  

Cuando conseguimos salir a la superficie desde el metro, reina casi el silencio en la plaza. Anonadados al contemplar en directo el escenario de la violencia y las protestas que tiempo atrás habíamos seguido en las noticias. El dolor está en el aire. Hay imágenes de las víctimas por todas partes, velas, flores. Impactantes tiendas militares. Adoquines amontonados. Banderas. Barricadas. Un puesto médico. Una capilla. Incluso una pantalla gigante que retransmite noticias, imágenes actuales y música internacional. 

Uno de los edificios principales de la plaza muestra graves signos de incendio, porque durante los días más fuertes de las protestas el fuego comenzó en la azotea justo cuando en la 3ª y 5ª planta estaban atendiendo a las víctimas de los tiroteos de la plaza en un improvisado hospital, y todas esas personas se quemaron vivas ardiendo en llamas ya que no hubo posibilidad de sacarlas a todas. Por cada persona que murió ardiendo en llamas, han pintado un punto rojo en la fachada simbolizando toda la sangre que se derramó allí tras los disparos de las fuerzas especiales de seguridad y la falta de medios para extinguir las llamas.

La sensación es casi indescriptible. El dolor está presente, pero a juzgar por la actitud de los que allí están viviendo acampados, la lucha también. Junto a un reloj que hay uno de los jardines laterales se han ido acumulando flores, velas, y fotos de las víctimas. Toda esa zona emana tristeza. Cintas con los colores de Ucrania atadas a todas partes. 

A medida que voy recorriendo la zona encuentro cosas más impactantes. Brutal. Impresionante. Estaba atónita. Piel de gallina. 

En muchas zonas han hecho montones con los adoquines que levantaron durante los días clave de las protestas. Incluso en ciertas partes han intentado alinearlos de algún modo e intentar volver a tener un pavimento, porque ahora en ciertas partes no hay más que charcos y barro.

Carteles que rezan nombres. Pancartas que gritan ideas. Flores que despiden víctimas. Velas que recuerdan almas.

Maidan es casi una zona cero. Pero allí sigue habiendo gente acampada dispuesta a defender sus ideas y luchar por ellas, aunque algunas parecen estar haciendo negocio de ello.

Los árboles de las calles adyacentes están llenos de coronas de flores y fotos de los fallecidos. Según avanzo por la acera tengo la sensación de recorrer un cementerio improvisado.

Pero lo más impresionante quizás sea encontrar la gran barricada que cierra el acceso principal a la plaza bajo la estructura de un puente metálico, cubierto por pancartas con las caras de las víctimas. Bajo ese puente el conglomerado de neumáticos, maderos, barriles, sacos de arena, adoquines.

Las tiendas están organizadas por grupos y muchas de ellas tienen fuera una caja aceptando donativos para subsistir. Algunas han instalado antiguas cocinas o braseros. Todas tienen sus respectivas banderas o escudos de sus grupos o zonas de procedencia.

En la plaza también hay instalado un escenario que se ha ido sobrecargando con más imágenes y pancartas.  En uno de los laterales la figura de una virgen rodeada de velas y también un crucifijo de madera de medidas considerables. 

Turistas, curiosos, periodistas merodean toda la zona cámara en mano. Pero también hay muchos ucranianos que acuden desde cualquier punto del país a visitar la plaza y fotografiar el recuerdo. A contemplar otro episodio más de la historia de su país o a velar por sus seres queridos que allí perdieron la vida durante esos días.

Maidan está desgastada. Presenta signos de violencia, restos de incendios, cristales rotos, fachadas pintadas, aceras deshechas. Tan sólo la columna central con la estatua por la libertad de Ucrania y el imponente hotel Ukrayina parecen permanecer intactos. La pancarta principal que hay en la plaza reza unas frases sobre una “improvisada religión” que califica todos estos acontecimientos como “la revolución del sol”, y bajo el símbolo del triángulo amarillo unifican estas nuevas ideas que no todos los ucranianos comparten aunque los medios nos hagan ver lo contrario.

Aprovechamos para acercarnos rápidamente a la catedral de Santa Sofía (en ucraniano Собор Святої Софії) con sus 13 cúpulas de roble, su campanario, cruzar la plaza Bohdán Jmelnytsky y llegar al Monasterio de San Miguel de las Cúpulas Doradas donde conseguimos incluso asistir a una celebración religiosa. 

Me cubro la cabeza para entrar, ya que está mal visto que la mujer entre en un templo ortodoxo con la cabeza descubierta y en muchos de ellos es obligatorio aunque creo que es más bien una tradición más que una obligación.

Hacemos una visita muy sigilosa y rápida sin llamar la atención en exceso puesto que están en una celebración. No hay mucha gente dentro del monasterio por lo que tenemos oportunidad de verlo con cierta rapidez y contemplar los frescos y mosaicos.

El reloj nos obliga a regresar a la estación de tren. Hay que recoger la maleta de la consigna y localizar el andén correspondiente. Tren nocturno destino a Slavske, unos 800 km desde la capital hacia la zona oeste del país, cerca de la frontera con Eslovaquia y Polonia. A las montañas cárpatas, donde estamos alojados en un resort rural durante los días del curso. Pero dejaré la formación y el paisaje montañoso para el siguiente post.

Curso de formación a cargo de la Comisión Europea

Esta última semana he asistido a un curso intensivo para workcamp leaders  organizado por la Unión Europea. La UE prepara constantemente sesiones para completar la educación de todas aquellas personas que se involucran en proyectos internacionales de la mano de profesionales de prestigio.

Del 2 al 10 de mayo estamos reunidos en un modesto complejo hotelero en Pustomyty, una zona rural junto a un lago y retirado del bullicio de la ciudad, a unos 10km de Lviv (zona este de Ucrania). Somos un grupo diverso de unas 25 personas procedentes de diferentes organizaciones con proyectos de voluntariado. 5 son de Ucrania, 2 de Georgia, 1 Armenia, 1 inglesa residente en Rumanía, 3 de Bélgica, 1 Austria, 1 Suecia, 1 Holanda, 4 Italia, 1 Grecia, 2 Croacia y 1 España, que ya sabéis evidentemente de quién se trata.

El curso ha estado dirigido y coordinado por Julia Myasisheva (Directora de SVIT Ucrania) y Mauro Carta , formador y experto de SCI (Servicio Civil Internacional).

Básicamente consiste en una semana de convivencia bajo una agenda intensa de actividades, sesiones de formación, teoría y dinámicas de grupo. El objetivo principal es formar a todos los participantes de cara a sus próximas participaciones como group leaders en proyectos internacionales donde tendrán que afrontar conflictos con personas de diferentes culturas, lidiar con los problemas, establecer contacto con la gente local donde se desarrolle el proyecto y atender las circunstancias de sus respectivos grupos. Durante estos días de curso se combinan las sesiones prácticas con las teóricas para poder orientar adecuadamente a todos los participantes, aunque muchos de ellos ya tiene experiencia previa.

Las primeras sesiones teóricas se centraban en la estructura de las organizaciones  como el SCI (Servicio Civil Internacional) y la Comisión Europea, así como de sus funciones e historia. Se han abordado cuestiones como las diferentes formas de liderar un grupo (democracia, autocracia, laissez-faire), los derechos y deberes de un group leader, motivación del grupo, formas de comunicación intercultural, etc.

La parte práctica ha consistido en todo tipo de actividades tanto de manera individual como en grupo, para desarrollar la capacidad de liderazgo de cada uno así como fortalecer nuestras herramientas para resolver posibles situaciones de conflicto.

El programa a su vez ha tenido cada día una actividad de ocio donde los participantes tenían la posibilidad de conocerse más a fondo y relacionarse entre ellos siempre con un trasfondo relevante. Tuvimos una velada cultural internacional donde cada país hizo una presentación, mostró sus productos típicos e incluso bailes tradicionales. Probamos desde varios tipos de vodka ucranianos, galletas belgas, mermelada rumana, dulces griegos, golosinas suecas, pan austriaco… un despliegue de banderas, música tradicional, y sobre todo bebidas típicas de cada país como cerveza, vodka, licores, palinka o vino.

Dentro de la parte de ocio tuvimos una salida a Lviv donde disfrutamos primero de un recorrido por el centro turístico de la ciudad, tiempo libre y una cena en un restaurante típico muy peculiar.

Hemos disfrutado de una semana de formación en un ambiente estupendo donde los participantes hemos compartido nuestras experiencias anteriores para asumirlas en grupo como parte del aprendizaje. Se han trabajado situaciones de conflicto por diversidad cultural, género, orientación sexual, religión, personalidades opuestas, repartición de roles, responsabilidad o contextos críticos.  Los proyectos o campos de trabajo donde los participantes asumirán el papel de group leader serán de temática variada como naturaleza y medio ambiente, discapacidad, infancia, adolescencia y juventud, proyectos de reconstrucción y rehabilitación, repoblación, educación… o como es en mi caso, Arte y Cultura.

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El desarrollo del curso depende también en parte de la capacidad de sus directores en liderar la formación y establecer el calendario de actividades. En este caso el resultado es muy positivo y satisfactorio. La evaluación general ha sido muy efectiva con opiniones muy favorables.

Este tipo de inversiones europeas permite formar conscientemente a las personas que van a ser una pieza clave en el desarrollo de un proyecto o actividad, facilitándoles así todo tipo de herramientas para desarrollar su trabajo.

A nivel personal me llevo muchos recuerdos entrañables de estos días, personas maravillosas, apuntes sobre temas muy interesantes, una compañera de habitación inolvidable, algo de dolor de estómago por la comida y un montón de fotos que compartir. Sin duda es una experiencia muy positiva que ayuda a despejar dudas y afrontar cuestiones de interés.