Paso pingüino.

la foto 5

Amanece nublado.

Todo gris.

Mientras desayuno, por la ventana de la cocina, escucho unos golpes en la calle.

Dos “operarias de limpieza” (dos abuelas equipadas con una pala y una escoba de paja, pañuelo a la cabeza y chaleco distintivo) intentan partir los trozos de hielo del pavimento y amontonarlos a los lados.

En el hall de casa comienzo a vestirme con el montón de ropa que he sacado del armario.

Empiezo por los pies. Hay que superponer las capas.

Calcetines de nieve hasta la rodilla.

Mallas térmicas. Después unas mallas gordas para nieve. Camiseta térmica. Camiseta manga larga. Forro polar de cuello alto. Bufanda. Abrigo. Guantes térmicos. Manoplas impermeables. Gorro.

Empieza a entrarme calor y aún no me he abrochado la cremallera.

La mochila a la espalda, mejor llevar las manos desocupadas.

Estoy sudando. Apago las luces. Cierro la puerta. Tres vueltas de llave.

En la entrada, junto al felpudo, mis botas de nieve.

Salgo al portal y las abuelas siguen dando palazos contra el cemento de la acera.

Veo una chica con tacones agarrada a la papelera.

Me río.

No sé por dónde comenzar a avanzar.

Decido esperar quieta hasta que se acerque alguien con el fin de seguir su rastro. Pasa un joven, demasiado rápido. Espero quieta. Espero la llegada de una señora mayor confiando en que su trayectoria sea fruto de su experiencia

Mi plan no funciona. Ella resiste. Yo patino constantemente.

El recorrido hasta la parada de autobús no es más de cinco minutos. Han pasado casi veinte y aún sigo resbalando.

El espectáculo de tacones, faldas y caídas es una tentación para sacar la cámara.

El miedo a apartar los ojos del suelo o perder el equilibrio al abrir la mochila puede con el capricho de capturar el momento.

Según avanzo comprendo que es mejor llevar la boca cerrada, si caigo al menos no perderé ningún diente. Quizás sea uno de los motivos de las pizas de oro que algunos llevan en su dentadura.

La mochila por supuesto ayuda mucho a que la suerte pueda apoyarse en mi culo antes que en mi nariz.

La carretera o la nieve son las zonas donde parece que hay menos posibilidad de fracaso.

Monto en el bus pisando un profundo charco marrón que me cubre hasta el tobillo.

Sentada respiro profundamente.

Limpio el vaho de la ventana para contemplar con qué habilidad la gente permanece en pie por la calle.

Suena mi móvil. Un mensaje: “Evita salir de casa si puedes”.

Mi compañera me ha advertido un poco tarde.

Maldigo mi suerte.

Hace calor dentro del bus. Pero entran cuchillos cuando abren las puertas en cada parada.

Llegó el momento de bajarse. Creo que los toreros sienten lo mismo al entrar a la plaza. Tengo que salir del autobús entera, tal y como entré.

Tengo que llegar a la parada de metro como sea.

Bajo tierra no habrá más hielo.

Derrapo.

Me agarro a una farola.

Veo a un hombre sujeto a un árbol.

Me paro cada pocos metros observando los movimientos del resto.

Intento averiguar cuál será mi lotería para avanzar estratégicamente.

Nada funciona.

Mis suposiciones de colores, texturas, brillos o formas, tienen siempre las consecuencias opuestas a las que intuía.

Avanzo eligiendo los sitios opuestos a mis lógicas anteriores.

Derrapo.

Caigo.

Derrapo.

Los últimos diez metros hasta la boca de metro son interminables.

Cruzo las puertas de entrada.

Curiosamente mis pies mantienen “el paso pingüino” aún estando en suelo firme.

Sentada ya, dentro del vagón, observo todo el suelo mojado.

Pisadas y rastros en cualquier parte.

Mucha gente.

Todo silencio.

Personas en modo avión.

No hay interacción alguna.

Las capas de ropa les independiza socialmente más aún que los cascos o las pantallas de sus teléfonos.

Me asombra ver que ni si quiera abren las cremalleras de sus abrigos.

Intuyo que su aclimatación al ambiente es mejor que la mía.

Parezco una menopáusica en plena crisis cuando aún no tengo ni treinta.

Me río.

Noto alguna mirada extraña.

Sonrío y bajo la mirada.

“Qué cojones hago yo patinando en Ucrania”.

Sonrío de nuevo.

Fuera gorro.

Fuera bufanda.

Fuera manoplas.

Abro la cremallera del abrigo.

Respiro.

Ya sólo queda una parada.

Cojo aire.

Abrocho cremallera.

Ato mi bufanda.

Me pongo el gorro.

Encajo las manoplas.

Subo bien agarrada al pasamanos de las escaleras mecánicas.

La inclinación de la escala puede rozar casi el vértigo.

Cojo aire.

Salgo a la calle.

Derrapo.

Río feliz imaginándome qué perfil se adapta mejor a mi estilo.

Las muñecas de Famosa.

Robocop.

Chiquito de la calzada.

Michael Jackson.

Derrapo.

Río.

Derrapo.

No exagero.

Mi asombro aún sigue activo.

Ha sido un día eterno.

Y ahora me pregunto,

qué será de mí cuando llegue oficialmente el invierno.