NIEVE, y en mayúsculas.

Ayer, toda emocionada, me prometí no acostarme sin haber compartido con vosotros la emoción de otra nevada tan rápido. Pasé frío, mucho frío. Llevábamos unos días con temperaturas heladoras pero sin hielo, humedad pero sin agua… presentíamos que se avecinaba la nieve. No dudé ni un momento en contaros mi asombro ante la velocidad con la que se había cubierto de blanco la ciudad. Pero esta mañana al despertarme con los pitidos del camión del agua,  mi cara de boba y mi sonrisa de inocente eran dignas de haber sido perpetuadas. Pare empezar, he saltado de la cama a las 8:20 con el reclamo para rellenar nuestras garrafas. Sabía que tras la sopa del día anterior, me quedaba poca agua potable. Cuando he conseguido enfundarme en varios pantalones, camisetas, polares, abrigo y coger las botellas, he llegado a la calle justo cuando ya se había ido. Para colmo había pasado el intervalo de las 8:30 y habían cortado la luz del edificio, por lo que había que usar las escaleras. El hecho de subir andando no es relevante, incluso teniendo que llevar toda la compra, el problema es que las escaleras de mi portal parece que condujesen al más dantesco de los infiernos. Tanto es así que en uno de los rincones el olor a orín puede provocar casi arcadas, y no es la primera vez que encontramos animales muertos en algún rellano. Os juro que ni en caso de emergencia las usaría mucha gente. Mejor quedarte en casa y que se extienda el fuego, a tener que bajar 16 pisos en tales condiciones. Os he grabado todo el trayecto aquí.

Tras descubrir mi torpeza mental al equivocarme pensando que era lunes, comienzo mi jornada de domingo embobada mirando por la ventana una manta continua de nieve. Inocente de mí que ayer creía haber vivido un rato increíble, y hoy madrugón desastroso. Nevaba tanto que era incluso difícil ver los edificios de enfrente. Cuando se calma un poco el temporal, me dispongo a envolverme en capas y capas de tejidos térmicos o polares.

la foto 2Salgo de nuevo a la calle, mochila baja en la espalda -ayuda a proteger los riñones- cámara en mano y bien tapada. En ese instante, he vuelto por unos segundos al Sáhara Occidental, cuando me envolvía con el turbante lo máximo posible en las tormentas de arena y protegerme del sol. Ahora era la antagonista de la escena,  cubierta al máximo para protegerme del frío.

Pschtt, pschtt, pschtt. Un sonido maravilloso al caminar entre nieve tan fina, tan limpia, tan pura. En algunas zonas casi llegaba a la rodilla, por lo que había que cambiar “el paso pingüino” a zancadas dignas de un buen flamenco doblando sus patas. Aquí tenéis un pequeño trayecto en vídeo.

Nieve. Nieve por todas partes. Había nieve incluso en las papeleras.

DSC04950Kharkov me sorprendió mucho en verano, al ver a la gente haciendo tanta vida en la calle y disfrutando de los espacios públicos. Pues ahora asombrosamente casi sucede lo mismo, sólo que con nieve y mucha más ropa. Las familias salen a la calle. Los parques se llenan de niños. El ritmo se transforma.

Mi escena favorita: los padres tirando del trineo. Los bebés cambian el carrito por cómodos trineos bien equipados donde les envuelven en todo tipo de trajes. Los niños pequeños sentados en un modelo más sencillo, mientras que que otros tienen incluso diseños sofisticados que van retirando la nieve según avanzan. Los aparcan a la entrada del supermercado, las madres hacen la compra, montan a los críos de nuevo en el trineo y se vuelven a casa. Maravilloso. Muerta de envidia he observado a cada pequeñajo con el que me cruzaba.

La mañana la he pasado feliz, sonriendo al contemplar la nieve, con una temperatura más agradable que el frío del día anterior, e incluso algo de sol. Tras un paseo por mi barrio he decidido casi cruzar la ciudad en trolley bus para disfrutar de las vistas y terminar en el que quizás sea el parque más emblemático de la ciudad, Gorky Park. Bailando con unos elfos, competición de bolas de nieve, bebiendo té caliente, cantando canciones infantiles… me he unido -sin pensarlo ni un instante- a toda la chiquillería ucraniana que disfrutaban de la animación navideña frente al escenario principal. Os dejo también un pequeño vídeo.

Los jarcovitas suelen ser muy distantes, poco cercanos en un primer contacto. Pero si consigues entablar el más mínimo vínculo pueden llegar a ser muy entrañables, en especial las personas mayores. Allí sólo había sonrisas, abuelos gozando con sus nietos, padres contentos jugando con sus hijos, madres bailando con elfos saltarines, gente con esquíes deslizándose por las calles del parque, cámaras de fotos, parejas comiéndose a besos para entrar en calor mientras juegan en la nieve y yo. Allí estaba yo. “Solica”, que dirían algunos, pero feliz. He saboreado cada paso que he dado por la nieve, cada foto que he conseguido hacer (porque ni con guantes térmicos se aguanta el tiempo suficiente para hacer tomas más sofisticadas), cada canción que he bailado y cada miraba que cruzaba.

Ha sido un día espléndido. Esto es Navidad, así sí. Y no hay día en el que no me agradezca a mí misma (y a todos los que me han apoyado) el haberme venido hasta Ucrania en estas circunstancias.

la foto 3Lamentablemente no todo iba a ser maravilloso y blanco. Hay mucha gente viviendo en la calle, sin motivos para alegrarse por una nevada, sin nada que llevarse a la boca, sin nada para calentarse. Intentan comerciar con cualquier cosa o piden limosna mientras luchan contra el frío y las circunstancias. Sin ropa tan sofisticada para protegerse, sin el calzado adecuado para moverse, y con abrigos llenos de remiendos. Sólo espero que consigan pasar este duro invierno de la mejor manera. Enfatizando  el esfuerzo de muchos compañeros. Me despido con una sensación agridulce de vivir aquí como voluntaria mientras gozo de cada detalle de mi nueva vida y a la par compartir una realidad tan opuesta con esta gente. Buenas noches.

“Frío de cojones”

Esta tarde un amigo ucraniano me ha llevado a una muestra de teatro en una de las escuelas de Arte Dramático de la ciudad. Un sitio realmente cochambroso, un escenario que se caía a trozos, un sistema de luces y sonido prehistórico, junto con unos asientos en terrible estado. Pero aquel lugar tenía su encanto, a pesar de no nos hayamos ni quitado los abrigos durante el espectáculo. Afortunadamente había varios actos lo cual me permitían sonarme la nariz libremente sin desconcertar a nadie y frotarme las rodillas. Menos de una hora escuchando un texto de Chéjov para salir a la calle y encontrarnos todo nevado. Blanco. Todo estaba completamente cubierto. La ciudad había cambiado de color y nosotros estábamos en medio de una tormenta de nieve intentado regresar a casa. De camino, y bien tapada, sentía cómo la nieve se me pegaba en las pestañas mientras intentaba protegerme la cara con la mano.

DSC04925Por suerte sólo tenía que afrontar una pequeña capa de nieve hasta que consiguiera llegar a la parada del autobús. Observando por la ventana mientras atravesábamos el centro de la ciudad, veía cómo la gente se resbalaba por la acera o chocaba con las cosas que no veían. En esos momentos te ríes en silencio aunque sabes que luego cambiarían los papeles siendo yo quien besaría el suelo.

En el autobús, un señor mayor -de rasgos muy marcados y gran sombrero de invierno estilo soviético- se ha percatado del pequeño tembleque de mis piernas mientras que intentaba calentarme las manos. Discretamente se ha sentado a mi lado y ha sacado del bolsillo interior su abrigo una petaca para ofrecerme un trago de vodka. Ha insistido en que aceptase el calmante. Su cara no parecía aceptar negativas.

Yo sólo quería llegar a casa y no encontrarme con otro corte de electricidad. Necesitaba una sopa bien caliente para cenar porque prácticamente ni podía sentir los dedos de las manos.

Ya por fin aclimatada y cómodamente escribiendo desde mi cama, he de reconocer que ni en Suiza, ni en Suecia,ni en Finlandia, había pasado este frío.

Paso pingüino.

la foto 5

Amanece nublado.

Todo gris.

Mientras desayuno, por la ventana de la cocina, escucho unos golpes en la calle.

Dos “operarias de limpieza” (dos abuelas equipadas con una pala y una escoba de paja, pañuelo a la cabeza y chaleco distintivo) intentan partir los trozos de hielo del pavimento y amontonarlos a los lados.

En el hall de casa comienzo a vestirme con el montón de ropa que he sacado del armario.

Empiezo por los pies. Hay que superponer las capas.

Calcetines de nieve hasta la rodilla.

Mallas térmicas. Después unas mallas gordas para nieve. Camiseta térmica. Camiseta manga larga. Forro polar de cuello alto. Bufanda. Abrigo. Guantes térmicos. Manoplas impermeables. Gorro.

Empieza a entrarme calor y aún no me he abrochado la cremallera.

La mochila a la espalda, mejor llevar las manos desocupadas.

Estoy sudando. Apago las luces. Cierro la puerta. Tres vueltas de llave.

En la entrada, junto al felpudo, mis botas de nieve.

Salgo al portal y las abuelas siguen dando palazos contra el cemento de la acera.

Veo una chica con tacones agarrada a la papelera.

Me río.

No sé por dónde comenzar a avanzar.

Decido esperar quieta hasta que se acerque alguien con el fin de seguir su rastro. Pasa un joven, demasiado rápido. Espero quieta. Espero la llegada de una señora mayor confiando en que su trayectoria sea fruto de su experiencia

Mi plan no funciona. Ella resiste. Yo patino constantemente.

El recorrido hasta la parada de autobús no es más de cinco minutos. Han pasado casi veinte y aún sigo resbalando.

El espectáculo de tacones, faldas y caídas es una tentación para sacar la cámara.

El miedo a apartar los ojos del suelo o perder el equilibrio al abrir la mochila puede con el capricho de capturar el momento.

Según avanzo comprendo que es mejor llevar la boca cerrada, si caigo al menos no perderé ningún diente. Quizás sea uno de los motivos de las pizas de oro que algunos llevan en su dentadura.

La mochila por supuesto ayuda mucho a que la suerte pueda apoyarse en mi culo antes que en mi nariz.

La carretera o la nieve son las zonas donde parece que hay menos posibilidad de fracaso.

Monto en el bus pisando un profundo charco marrón que me cubre hasta el tobillo.

Sentada respiro profundamente.

Limpio el vaho de la ventana para contemplar con qué habilidad la gente permanece en pie por la calle.

Suena mi móvil. Un mensaje: “Evita salir de casa si puedes”.

Mi compañera me ha advertido un poco tarde.

Maldigo mi suerte.

Hace calor dentro del bus. Pero entran cuchillos cuando abren las puertas en cada parada.

Llegó el momento de bajarse. Creo que los toreros sienten lo mismo al entrar a la plaza. Tengo que salir del autobús entera, tal y como entré.

Tengo que llegar a la parada de metro como sea.

Bajo tierra no habrá más hielo.

Derrapo.

Me agarro a una farola.

Veo a un hombre sujeto a un árbol.

Me paro cada pocos metros observando los movimientos del resto.

Intento averiguar cuál será mi lotería para avanzar estratégicamente.

Nada funciona.

Mis suposiciones de colores, texturas, brillos o formas, tienen siempre las consecuencias opuestas a las que intuía.

Avanzo eligiendo los sitios opuestos a mis lógicas anteriores.

Derrapo.

Caigo.

Derrapo.

Los últimos diez metros hasta la boca de metro son interminables.

Cruzo las puertas de entrada.

Curiosamente mis pies mantienen “el paso pingüino” aún estando en suelo firme.

Sentada ya, dentro del vagón, observo todo el suelo mojado.

Pisadas y rastros en cualquier parte.

Mucha gente.

Todo silencio.

Personas en modo avión.

No hay interacción alguna.

Las capas de ropa les independiza socialmente más aún que los cascos o las pantallas de sus teléfonos.

Me asombra ver que ni si quiera abren las cremalleras de sus abrigos.

Intuyo que su aclimatación al ambiente es mejor que la mía.

Parezco una menopáusica en plena crisis cuando aún no tengo ni treinta.

Me río.

Noto alguna mirada extraña.

Sonrío y bajo la mirada.

“Qué cojones hago yo patinando en Ucrania”.

Sonrío de nuevo.

Fuera gorro.

Fuera bufanda.

Fuera manoplas.

Abro la cremallera del abrigo.

Respiro.

Ya sólo queda una parada.

Cojo aire.

Abrocho cremallera.

Ato mi bufanda.

Me pongo el gorro.

Encajo las manoplas.

Subo bien agarrada al pasamanos de las escaleras mecánicas.

La inclinación de la escala puede rozar casi el vértigo.

Cojo aire.

Salgo a la calle.

Derrapo.

Río feliz imaginándome qué perfil se adapta mejor a mi estilo.

Las muñecas de Famosa.

Robocop.

Chiquito de la calzada.

Michael Jackson.

Derrapo.

Río.

Derrapo.

No exagero.

Mi asombro aún sigue activo.

Ha sido un día eterno.

Y ahora me pregunto,

qué será de mí cuando llegue oficialmente el invierno.