Celebración de la Epifanía ortodoxa.

El 19 de enero la tradición cristiano – ortodoxa en Rusia y en Ucrania lleva a sus fieles a bañarse al aire libre celebrando la Epifanía de Cristo y su bautismo en el río Jordán por Juan el Bautista. La religión cristiana indica que Cristo comenzó a dirigirse y a educar a la gente, justo tras su bautismo.

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Dice dicha tradición que todo el agua se convierte en bendita durante el día de hoy, y por eso la gente -bien sean creyentes o no- se sumergen en los ríos, lagos y manantiales, con la casi certeza de que así evitarán enfermar durante el resto del año, protegerse ante cualquier infarto, derrames cerebrales incluso enfermedades coronarias. Este ritual permite ver a personas de todas las edades adentrándose en las aguas y procediendo al ritual al hacer tres inmersiones para limpiar los pecados y salir purificado.

La Epifanía es quizás una de las celebraciones más sagradas de la iglesia ortodoxa, precedida de una jornada de vigilia severa en familia.

Cuando la superficie de los lagos y ríos está  helada, cortan la forma de una gran cruz y la sitúan al lado en pie, para poder bañarse así en las aguas. En ocasiones tiñen con vino de iglesia o con jugo de remolacha las cruces que sitúan junto a la abertura.

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Los patriarcas de las iglesias suelen vestir de blanco como símbolo de pureza, de paz, de verdad, ya que durante la celebración su tarea principal será bendecir a los fieles que se acerquen al templo, bendecir el agua y las flores que lleven, o acudir a las zonas de agua más significativas. Los sacerdotes introducen en las aguas grandes crucifijos para bendecirlas.

Dicen que el agua (sagrada) de este día nunca se estropea y no hace falta guardarla en el frigorífico, por lo que es normal ver en las casas frascos con agua en las esquinas (lugares que cuidan en proteger) junto a los iconos ortodoxos y paños típicos bordados. Creían que “este fenómeno” se debía a que los sacerdotes bendecían las aguas introduciendo un enorme crucifijo de plata, pero no tardaron en darse cuenta de que también se usaban crucifijos de oro y madera, por lo que los elementos de la plata no eran los causantes de la duración del agua bendita del día de la Epifanía.

Hoy en Kharkiv uno de los puntos más concurridos era “Botanichi Sad” (jardín botánico) donde hay un manantial del brota una de las mejores aguas de la ciudad -aprovecho para recordar que el agua del grifo no es potable, por lo que mucha gente acude aquí a diario a rellenar sus garrafas gratuitamente- y lugar concurrido por miles y miles de ucranianos que han querido ir a recoger agua, ser bendecidos y/o sumergirse, como veréis en el vídeo.

Sin responder a ninguna creencia religiosa, he decidido seguir su ritual para poder vivir de primera mano la experiencia y sumergirme (literalmente) en su cultura. Participar en un acto religioso cuando no se comparte la misma fe siempre ha de hacerse desde el respeto, aunque en este caso había que añadir “la valentía” de salir en bañador con el termómetro en negativo.

Sorprendentemente el agua no estaba tan fría como parece, pero hay que ser precavido, dejar cerca las toallas para secarse debidamente y vestirse lo antes posible. Para quienes necesiten ver la prueba gráfica, he aquí el vídeo de mi baño.

En medio de una gran gentío, los bancos del parque se llenan de calcetines, bragas, camisetas arrugadas, toallas mojadas, y chanclas revueltas por el suelo dejando de lado las botas de nieve, los abrigos y las mochilas.

Bañadores, bikinis, ropa interior o cualquier tipo de combinación textil es suficiente para animarse a la purificación. Los más valientes tras salir del agua incluso entran en calor haciendo gimnasia aún con el bañador mojado, desnudos sobre la nieve, levantando pesas, haciendo flexiones o perfilando sus abdominales.

Santiguarse tras la tercera sumergida, dedicar una pequeña oración antes del rito o llevar todo tipo de cruces al cuello, son detalles fáciles de localizar en la escena.

En mi caso, me he limitado a entrar dentro de la cruz, hacer las tres inmersiones, y a colocarme el escote discretamente tras la última subida, porque fortuitamente el bañador ha querido dejar ver mis dos buenas virtudes delanteras a los iconos que presenciaban la escena.

Aunque viniendo de España y de nuestras tradiciones católicas hay muchas cosas que no tienen por qué soprendernos en una celebración religiosa, como el hecho de que no todo quede en algo espiritual. Tras el paso del sacerdote para bendecir a los presentes, le sigue un ayudante (con un cubo, una bolsa de plástico, o cualquier cacharro) para que inmediatamente después de que te salpiquen con el agua bendita en la cabeza, las garrafas que tengas y los ramilletes de flores secas (algo muy típico que también supone un buen negocio en ventas) colabores económicamente con una aportación dentro de la bolsa de plástico. Parece algo voluntario, pero en realidad dicho ayudante suele esperar delante de cada persona hasta que realizan “el donativo”, por lo que hay cierta presión en el protocolo para economizar el rito. En este vídeo podréis apreciar cómo se desarrolla todo este proceso.

Las iglesias se transforman casi en mercadillos al aire libre donde encontrar ramilletes de flores secas, velas de todos los tamaños, estampitas con iconos y botellas de agua para llevar a bendecir junto con el resto de objetos cuando se acerque el patriarca.

Así que hoy, 19 de Enero de 2015, comienza un año en el que supuestamente no tendré que acudir al médico ni sentirme enferma.

Está claro que como funcione, me sale más rentable volver a Ucrania cada epifanía, que comprar cajas de frenadol en la farmacia para durante un año entero.

NIEVE, y en mayúsculas.

Ayer, toda emocionada, me prometí no acostarme sin haber compartido con vosotros la emoción de otra nevada tan rápido. Pasé frío, mucho frío. Llevábamos unos días con temperaturas heladoras pero sin hielo, humedad pero sin agua… presentíamos que se avecinaba la nieve. No dudé ni un momento en contaros mi asombro ante la velocidad con la que se había cubierto de blanco la ciudad. Pero esta mañana al despertarme con los pitidos del camión del agua,  mi cara de boba y mi sonrisa de inocente eran dignas de haber sido perpetuadas. Pare empezar, he saltado de la cama a las 8:20 con el reclamo para rellenar nuestras garrafas. Sabía que tras la sopa del día anterior, me quedaba poca agua potable. Cuando he conseguido enfundarme en varios pantalones, camisetas, polares, abrigo y coger las botellas, he llegado a la calle justo cuando ya se había ido. Para colmo había pasado el intervalo de las 8:30 y habían cortado la luz del edificio, por lo que había que usar las escaleras. El hecho de subir andando no es relevante, incluso teniendo que llevar toda la compra, el problema es que las escaleras de mi portal parece que condujesen al más dantesco de los infiernos. Tanto es así que en uno de los rincones el olor a orín puede provocar casi arcadas, y no es la primera vez que encontramos animales muertos en algún rellano. Os juro que ni en caso de emergencia las usaría mucha gente. Mejor quedarte en casa y que se extienda el fuego, a tener que bajar 16 pisos en tales condiciones. Os he grabado todo el trayecto aquí.

Tras descubrir mi torpeza mental al equivocarme pensando que era lunes, comienzo mi jornada de domingo embobada mirando por la ventana una manta continua de nieve. Inocente de mí que ayer creía haber vivido un rato increíble, y hoy madrugón desastroso. Nevaba tanto que era incluso difícil ver los edificios de enfrente. Cuando se calma un poco el temporal, me dispongo a envolverme en capas y capas de tejidos térmicos o polares.

la foto 2Salgo de nuevo a la calle, mochila baja en la espalda -ayuda a proteger los riñones- cámara en mano y bien tapada. En ese instante, he vuelto por unos segundos al Sáhara Occidental, cuando me envolvía con el turbante lo máximo posible en las tormentas de arena y protegerme del sol. Ahora era la antagonista de la escena,  cubierta al máximo para protegerme del frío.

Pschtt, pschtt, pschtt. Un sonido maravilloso al caminar entre nieve tan fina, tan limpia, tan pura. En algunas zonas casi llegaba a la rodilla, por lo que había que cambiar “el paso pingüino” a zancadas dignas de un buen flamenco doblando sus patas. Aquí tenéis un pequeño trayecto en vídeo.

Nieve. Nieve por todas partes. Había nieve incluso en las papeleras.

DSC04950Kharkov me sorprendió mucho en verano, al ver a la gente haciendo tanta vida en la calle y disfrutando de los espacios públicos. Pues ahora asombrosamente casi sucede lo mismo, sólo que con nieve y mucha más ropa. Las familias salen a la calle. Los parques se llenan de niños. El ritmo se transforma.

Mi escena favorita: los padres tirando del trineo. Los bebés cambian el carrito por cómodos trineos bien equipados donde les envuelven en todo tipo de trajes. Los niños pequeños sentados en un modelo más sencillo, mientras que que otros tienen incluso diseños sofisticados que van retirando la nieve según avanzan. Los aparcan a la entrada del supermercado, las madres hacen la compra, montan a los críos de nuevo en el trineo y se vuelven a casa. Maravilloso. Muerta de envidia he observado a cada pequeñajo con el que me cruzaba.

La mañana la he pasado feliz, sonriendo al contemplar la nieve, con una temperatura más agradable que el frío del día anterior, e incluso algo de sol. Tras un paseo por mi barrio he decidido casi cruzar la ciudad en trolley bus para disfrutar de las vistas y terminar en el que quizás sea el parque más emblemático de la ciudad, Gorky Park. Bailando con unos elfos, competición de bolas de nieve, bebiendo té caliente, cantando canciones infantiles… me he unido -sin pensarlo ni un instante- a toda la chiquillería ucraniana que disfrutaban de la animación navideña frente al escenario principal. Os dejo también un pequeño vídeo.

Los jarcovitas suelen ser muy distantes, poco cercanos en un primer contacto. Pero si consigues entablar el más mínimo vínculo pueden llegar a ser muy entrañables, en especial las personas mayores. Allí sólo había sonrisas, abuelos gozando con sus nietos, padres contentos jugando con sus hijos, madres bailando con elfos saltarines, gente con esquíes deslizándose por las calles del parque, cámaras de fotos, parejas comiéndose a besos para entrar en calor mientras juegan en la nieve y yo. Allí estaba yo. “Solica”, que dirían algunos, pero feliz. He saboreado cada paso que he dado por la nieve, cada foto que he conseguido hacer (porque ni con guantes térmicos se aguanta el tiempo suficiente para hacer tomas más sofisticadas), cada canción que he bailado y cada miraba que cruzaba.

Ha sido un día espléndido. Esto es Navidad, así sí. Y no hay día en el que no me agradezca a mí misma (y a todos los que me han apoyado) el haberme venido hasta Ucrania en estas circunstancias.

la foto 3Lamentablemente no todo iba a ser maravilloso y blanco. Hay mucha gente viviendo en la calle, sin motivos para alegrarse por una nevada, sin nada que llevarse a la boca, sin nada para calentarse. Intentan comerciar con cualquier cosa o piden limosna mientras luchan contra el frío y las circunstancias. Sin ropa tan sofisticada para protegerse, sin el calzado adecuado para moverse, y con abrigos llenos de remiendos. Sólo espero que consigan pasar este duro invierno de la mejor manera. Enfatizando  el esfuerzo de muchos compañeros. Me despido con una sensación agridulce de vivir aquí como voluntaria mientras gozo de cada detalle de mi nueva vida y a la par compartir una realidad tan opuesta con esta gente. Buenas noches.

“Frío de cojones”

Esta tarde un amigo ucraniano me ha llevado a una muestra de teatro en una de las escuelas de Arte Dramático de la ciudad. Un sitio realmente cochambroso, un escenario que se caía a trozos, un sistema de luces y sonido prehistórico, junto con unos asientos en terrible estado. Pero aquel lugar tenía su encanto, a pesar de no nos hayamos ni quitado los abrigos durante el espectáculo. Afortunadamente había varios actos lo cual me permitían sonarme la nariz libremente sin desconcertar a nadie y frotarme las rodillas. Menos de una hora escuchando un texto de Chéjov para salir a la calle y encontrarnos todo nevado. Blanco. Todo estaba completamente cubierto. La ciudad había cambiado de color y nosotros estábamos en medio de una tormenta de nieve intentado regresar a casa. De camino, y bien tapada, sentía cómo la nieve se me pegaba en las pestañas mientras intentaba protegerme la cara con la mano.

DSC04925Por suerte sólo tenía que afrontar una pequeña capa de nieve hasta que consiguiera llegar a la parada del autobús. Observando por la ventana mientras atravesábamos el centro de la ciudad, veía cómo la gente se resbalaba por la acera o chocaba con las cosas que no veían. En esos momentos te ríes en silencio aunque sabes que luego cambiarían los papeles siendo yo quien besaría el suelo.

En el autobús, un señor mayor -de rasgos muy marcados y gran sombrero de invierno estilo soviético- se ha percatado del pequeño tembleque de mis piernas mientras que intentaba calentarme las manos. Discretamente se ha sentado a mi lado y ha sacado del bolsillo interior su abrigo una petaca para ofrecerme un trago de vodka. Ha insistido en que aceptase el calmante. Su cara no parecía aceptar negativas.

Yo sólo quería llegar a casa y no encontrarme con otro corte de electricidad. Necesitaba una sopa bien caliente para cenar porque prácticamente ni podía sentir los dedos de las manos.

Ya por fin aclimatada y cómodamente escribiendo desde mi cama, he de reconocer que ni en Suiza, ni en Suecia,ni en Finlandia, había pasado este frío.

Paso pingüino.

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Amanece nublado.

Todo gris.

Mientras desayuno, por la ventana de la cocina, escucho unos golpes en la calle.

Dos “operarias de limpieza” (dos abuelas equipadas con una pala y una escoba de paja, pañuelo a la cabeza y chaleco distintivo) intentan partir los trozos de hielo del pavimento y amontonarlos a los lados.

En el hall de casa comienzo a vestirme con el montón de ropa que he sacado del armario.

Empiezo por los pies. Hay que superponer las capas.

Calcetines de nieve hasta la rodilla.

Mallas térmicas. Después unas mallas gordas para nieve. Camiseta térmica. Camiseta manga larga. Forro polar de cuello alto. Bufanda. Abrigo. Guantes térmicos. Manoplas impermeables. Gorro.

Empieza a entrarme calor y aún no me he abrochado la cremallera.

La mochila a la espalda, mejor llevar las manos desocupadas.

Estoy sudando. Apago las luces. Cierro la puerta. Tres vueltas de llave.

En la entrada, junto al felpudo, mis botas de nieve.

Salgo al portal y las abuelas siguen dando palazos contra el cemento de la acera.

Veo una chica con tacones agarrada a la papelera.

Me río.

No sé por dónde comenzar a avanzar.

Decido esperar quieta hasta que se acerque alguien con el fin de seguir su rastro. Pasa un joven, demasiado rápido. Espero quieta. Espero la llegada de una señora mayor confiando en que su trayectoria sea fruto de su experiencia

Mi plan no funciona. Ella resiste. Yo patino constantemente.

El recorrido hasta la parada de autobús no es más de cinco minutos. Han pasado casi veinte y aún sigo resbalando.

El espectáculo de tacones, faldas y caídas es una tentación para sacar la cámara.

El miedo a apartar los ojos del suelo o perder el equilibrio al abrir la mochila puede con el capricho de capturar el momento.

Según avanzo comprendo que es mejor llevar la boca cerrada, si caigo al menos no perderé ningún diente. Quizás sea uno de los motivos de las pizas de oro que algunos llevan en su dentadura.

La mochila por supuesto ayuda mucho a que la suerte pueda apoyarse en mi culo antes que en mi nariz.

La carretera o la nieve son las zonas donde parece que hay menos posibilidad de fracaso.

Monto en el bus pisando un profundo charco marrón que me cubre hasta el tobillo.

Sentada respiro profundamente.

Limpio el vaho de la ventana para contemplar con qué habilidad la gente permanece en pie por la calle.

Suena mi móvil. Un mensaje: “Evita salir de casa si puedes”.

Mi compañera me ha advertido un poco tarde.

Maldigo mi suerte.

Hace calor dentro del bus. Pero entran cuchillos cuando abren las puertas en cada parada.

Llegó el momento de bajarse. Creo que los toreros sienten lo mismo al entrar a la plaza. Tengo que salir del autobús entera, tal y como entré.

Tengo que llegar a la parada de metro como sea.

Bajo tierra no habrá más hielo.

Derrapo.

Me agarro a una farola.

Veo a un hombre sujeto a un árbol.

Me paro cada pocos metros observando los movimientos del resto.

Intento averiguar cuál será mi lotería para avanzar estratégicamente.

Nada funciona.

Mis suposiciones de colores, texturas, brillos o formas, tienen siempre las consecuencias opuestas a las que intuía.

Avanzo eligiendo los sitios opuestos a mis lógicas anteriores.

Derrapo.

Caigo.

Derrapo.

Los últimos diez metros hasta la boca de metro son interminables.

Cruzo las puertas de entrada.

Curiosamente mis pies mantienen “el paso pingüino” aún estando en suelo firme.

Sentada ya, dentro del vagón, observo todo el suelo mojado.

Pisadas y rastros en cualquier parte.

Mucha gente.

Todo silencio.

Personas en modo avión.

No hay interacción alguna.

Las capas de ropa les independiza socialmente más aún que los cascos o las pantallas de sus teléfonos.

Me asombra ver que ni si quiera abren las cremalleras de sus abrigos.

Intuyo que su aclimatación al ambiente es mejor que la mía.

Parezco una menopáusica en plena crisis cuando aún no tengo ni treinta.

Me río.

Noto alguna mirada extraña.

Sonrío y bajo la mirada.

“Qué cojones hago yo patinando en Ucrania”.

Sonrío de nuevo.

Fuera gorro.

Fuera bufanda.

Fuera manoplas.

Abro la cremallera del abrigo.

Respiro.

Ya sólo queda una parada.

Cojo aire.

Abrocho cremallera.

Ato mi bufanda.

Me pongo el gorro.

Encajo las manoplas.

Subo bien agarrada al pasamanos de las escaleras mecánicas.

La inclinación de la escala puede rozar casi el vértigo.

Cojo aire.

Salgo a la calle.

Derrapo.

Río feliz imaginándome qué perfil se adapta mejor a mi estilo.

Las muñecas de Famosa.

Robocop.

Chiquito de la calzada.

Michael Jackson.

Derrapo.

Río.

Derrapo.

No exagero.

Mi asombro aún sigue activo.

Ha sido un día eterno.

Y ahora me pregunto,

qué será de mí cuando llegue oficialmente el invierno.

Adiós al verano.

Se acerca el final del verano. El solsticio aparece en el calendario. El calor ya terminó. Los helados ya no se derriten. Las bebidas llevan menos hielos. Los pantalones cada vez son más largos. El sol desaparece antes.

Mi verano de 2014 es una amalgama de sensaciones, un cuaderno de aprendizaje, miles de archivos de experiencias. Un epígrafe en papel enmarcado para mi trabajo. “Certificado de gratitud” reza en letras capitales. Comparto orgullosamente mi nuevo tesoro: un título sellado y enmarcado que no me ha costado ninguna matrícula, que no aparecerá en mi CV, que mis contactos de Linkedin no valorarán y que sin embargo yo conservaré con mucha honra.

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Ser voluntario, hacer un voluntariado o trabajar de manera voluntaria implica muchas cosas y acarrea varias connotaciones. El contexto y las formalidades también importan. Estoy en Ucrania y alguien se ha molestado en imprimir, firmar, enmarcar y regalarme una cartulina que bien podría presidir una pared antes que cualquiera de los anteriores.

Tras la participación en el Festival de la sopa Borch como voluntaria y dentro de un campo de trabajo, la región de Poltava nos entrega satisfactoriamente un reconocimiento oficial. Durante dos semanas limpiamos el bosque, preparamos la zona, adecentamos las instalaciones, organizamos el evento, decoramos el espacio. Acampados con nuestras tiendas de campaña y viviendo en plena naturaleza, estuvimos trabajando en un ambiente internacional y lleno de energía. Opishnya, un pequeño pueblo de la región de Poltava, nos acogió en agosto. Al igual que unos deciden luchar tras una escopeta y defender los colores de esta nación, otros lo hacen promoviendo la cultura ucraniana intentando mantener todas sus tradiciones.

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La comunidad local tiene mucho que agradecer a un grupo de emprendedores (bajo el sello de “Viaje al pueblo de Poltava”) que han decidido dentro del marco cultural recrear cada año un festival en su pueblo. El pasado agosto cocinamos más de 40L de sopa. 12 abuelitas encantadoras (de 60 a 80 años) dirigieron los hornos con sus diferentes recetas. La olla de barro y la remolacha eran imprescindibles.

María Sánchez, de Guadalajara, España, ha dejado huella en la zona. Así querían que se me recordase tras mi paso por la aldea. Con nombres, apellidos y lugar de referencia. Deben de pensar que en España sería fácil reconocerme así, y por eso se empeñaron en que lo escribiera con todas las letras. Insistí diciendo que no tenía sangre real, y que mi popularidad es mayor en Twitter que en mi propio pueblo. Los propietarios de una de las viviendas tradiciones que forma parte de las atracciones turísticas del sitio, lucen con orgullo lo que para mí no fue sino un regalo muy primario. La decoración de su finca con motivos folklóricos ucranianos.

Mi papel en el festival fue detrás de la cámara como fotógrafo oficial del evento. Cientos de fotos documentan aquella jornada. Material de archivo que lucen satisfactoriamente como recuerdo.

Identificados con una camiseta, recordados bajo los aplausos, y honrados con un certificado, terminamos nuestro verano en aquellas tierras maravillosas. Nada que ver con el concepto y trato de “voluntarios” en cualquier festival español, especialmente cultural. Parece mentira que nos den un trato tan favorable y nos acojan de manera tan acalorada.

Sentada ahora frente a mi ordenador recuerdo casi con morriña aquellos días de picaduras de mosquito, mañanas calurosas trabajando al sol, días y días de sopa. Pasará un tiempo hasta que mi estómago permita oler de nuevo esta sopa tradicional de la zona.

No sé si los empleados del museo de cerámica han conseguido traducir ya el párrafo que les escribí en su libro de visitas, o la firma en la pizarra que tanto me suplicaron. Les dediqué una ristra de palabras afiladas que aunaban mis pensamientos de incomprensión ante aquel asalto a mano armada con el precio de entrada, una wifi que nadie conocía la contraseña, y unos encargados que fustigaban con su mirada. Compartiremos de manera diferente la anécdota. Ellos encantados y asombrados de que una española recorriese sus salas al aire libre. Yo anonadada porque con mi sueldo ucraniano suponía un precio considerable y mi falta de tolerancia ante una visita con música tecno trance en los altavoces de los jardines. Me regalaron una insignia y varios apretones de mano, por mi acto de presencia. A cambio me hice un selfie con la señora que sujetó el paraguas aquella mañana para que pudiese dibujar con rotulador y escribir cuatro gamberradas en el museo.

Feliz. El verano de 2014 ha sido feliz. Ahora puedo despedir con una sonrisa las picaduras de estos mosquitos ucranianos. Añoraré siempre los helados estilo soviético por menos de 0,30€.  Ucrania y su otra cara.

Talleres artísticos Vs. Accidente de avión.

No tenemos agua corriente pero tenemos wifi. No tenemos servicio, pero pudimos ver la final del mundial de fútbol en streaming en un portátil. No tenemos lavabo pero hay cobertura suficiente para tuitear.

Los parámetros de confort y las necesidades básicas varían según las condiciones del medio y la cultura del grupo social.

El acceso a la información se ha convertido en un asunto prioritario, incluso para los habitantes de las zonas más rurales de Ucrania. Las noticias de la radio nos acompañan durante toda la jornada. Hay más probabilidades de conectarse a la wifi que de encontrar papel higiénico.

El concepto de reciclaje es completamente ajeno a este contexto. Aquí simplemente se separa lo orgánico del resto de residuos para poder luego dárselo a los cerdos.

Este workcamp incluye varios talleres dirigidos por el grupo de artistas tradicionales ucranianos que regentan este lugar. Todos ellos tienen piezas en el museo local de pintura tradicional ucraniana y son especialistas en diferentes técnicas.

Nuestro primer taller comprendía las técnicas básicas de pintura, cómo realizar las flores tradicionales, el significado de cada elemento y la explicación de toda la simbología. Cada composición engloba diferentes representaciones (pájaros, flores, el gallo, pan, mariposas) y según su disposición explican la naturaleza original de la obra y varía el significado. Los pinceles que empleaban tradicionalmente para realizar las pinturas son artesanales y los elaboran con pelo de gato, utilizando siempre los pelos que tienen entre las patas y el cuerpo. Hoy en día utilizan todo tipo de pinceles, pero muchos de los artistas siguen utilizando los pinceles que ellos mismos elaboran.

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Los elementos de las composiciones de las pinturas definen su significado. La presencia del gallo está relacionada con la suerte, la masculinidad, la protección. Si aparecen varios pájaros acompañados de mariposas y mucha vegetación, dan a comprender el inicio de algo, el comienzo de la jornada, los buenos días. Si aparece un sólo pájaro -de determinadas características- se relaciona con la joven de la casa e indica si esta comprometida o buscando pareja. Y lo mismo con los diferentes tipos de frutas y motivos vegetales. Tradicionalmente, se prestaba especial atención a las pinturas que decoraban cada casa para conocer la situación de las personas que vivían en ella.

En el primer taller comenzamos pintando sobre papel para aprender los trazos básicos. La segunda sesión fue pintar sobre tabla. Utilizamos acrílico y gouache. Los talleres abarcan las representaciones tradicionales más importantes de la Ucrania rural, por lo que también nos enseñaran a trenzar la paja (utilizada en sombreros, cintas, material agrícola, utensilios) o a hacer muñecas de trapo.

La línea entre el arte y la artesanía no está claramente definida en este ámbito. Todas estas creaciones simbólicas forman parte de la cultura tradicional de la zona y son dignas del reconocimiento social. Resaltar también su importancia a nivel internacional ya que han sido reconocidas por la UNESCO, añadiéndolas a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Estos profesionales de la creación manual se consideran propiamente artistas ucranianos, y nos enseñan con mucha honradez sus trabajos como contribuciones relevantes en el arte ucraniano. Hasta tal punto que estos motivos decorativos se están poniendo de moda entre los jóvenes (especialmente entre las chicas ucranianas) incorporándolos incluso a los tatuajes más contemporáneos.

La visita al museo de Petrykivka nos ayudó a tener una visión más amplia de las representaciones decorativas. El museo presenta una colección con obras de artistas establecidos en la zona así como de otros con mayor proyección internacional, pero todas las obras están relacionadas con este tipo de pintura decorativa.

Dentro del museo hay distintas zonas de talleres y estudios que los artistas utilizan para trabajar, pero que también están abiertos al público como punto de venta directa entre el artista y el visitante. Una vez en el interior del edificio, recorremos las salas de exposición y visitamos los talleres. Los fines de semana suele haber mayor afluencia de gente, que aprovechan la oportunidad de comprar directamente a los artistas y establecer contacto.

DSC01689De regreso nuestro espacio y continuando con los talleres, también tuvimos la oportunidad de utilizar el torno de cerámica. Comenzamos con el más básico, el torno de pie. Y en este caso fue Mikola, el cabeza de familia, quien nos guiaba durante la sesión.

Mientras disfrutaba del entorno, rodeada de naturaleza, campos de maíz, girasoles, flores silvestres y aire fresco, la emisora de la radio interrumpió la emisión de música para informarnos del accidente de avión. Aunque mi nivel de ruso es muy pobre aún, pude comprender las cosas básicas de la noticia que invadió aquel espacio casi idílico.

Mucha confusión. Información poco detallada. Terribles suposiciones. Miradas atónitas entre nosotros, pero algunos segían pintando flores.

Me lancé corriendo a buscar mi móvil y rastrear Twitter. Aún no había imágenes pero la noticia ya estaba difundiéndose en los principales medios. Las conjeturas mediáticas no albergaban grandes esperanzas. Comenzaban a llegarnos más detalles. La radio de fondo seguía informando. No podía apartar mi vista de la pantalla y actualizar mi time list.

Contradictoriamente el taller de pintura segía su curso. La artista que lo dirigía se mantuvo concentrada casi la mayor parte del tiempo. Su momento creativo no se vio alterado.

Durante aquella jornada la familia ucraniana no comentó nada sobre el tema. Entre nuestro grupo -la mayoría somos extranjeros- la dependencia por renovar información crecía. Espacio aeréo cerrado, cuando algunos tenían billetes para volar los próximos días. Controles policiales. Enviados especiales. Arriesgadas interpretaciones. Consecuencias. Víctimas.

Los girasoles agachaban su cabeza rechazando cualquier alteración del medio. El sol desaparecía entre unos tonos violáceos preciosos. Los pavos estaban alborotados disfrutando de unas manzanas caídas de los árboles. Aquel paisaje de contrastes entre naturaleza y conflicto bélico parecía fundirse impasiblemente. Era jueves, 17 de julio de 2014.

La Ucrania rural.

Tal y como os conté en el último post, he estado en un campo de trabajo – workcamp- en una zona rural de la Ucrania profunda. Conseguimos tener internet durante unos días, pero al final se nos acabó el “chollo”. Así que retomo aquí los posts que fui escribiendo durante mis ratos libres.

Un “workcamp”, para quienes no estén familiarizados con el concepto, son un tipo de campamentos, la mayoría de ellos en verano, en los que se desarrolla un trabajo/actividad -físico- relacionado con algún tema en concreto. En este caso nuestra jornada es de 6 horas al día, de lunes a viernes, construyendo una vivienda a la manera tradicional ucraniana. Paralelamente aprendemos las técnicas tradicionales de pintura y decoración ucranianas, que caracterizan al pueblo en que nos encontramos, Петриковка (Petrykivka), una masterclass por categoría.

Ya hemos afrontando la mitad de nuestra estancia y las agujetas comienzan a pasar factura. El tiempo parece que ha decidido compadecerse de nosotros, nos ayuda con aire fresco, alguna tormenta y temperaturas agradables.

La tarea principal de esta semana ha sido preparar el cañizo para el tejado y el adobe para las paredes. Retomamos la construcción que iniciaron el verano pasado otros compañeros para poder terminar, en algún momento, la vivienda.

Me resulta realmente curioso cómo la primera charla que tuve con la familia que regenta estas tierras, fue sobre mi profesión y currículum. Comenzaron preguntándome por mi procedencia, si hablaba idiomas, qué hacía en Ucrania, a qué me dedicaba. Cuando les conté brevemente mi trayectoria, se mostraron realmente sorprendidos ante mi descripción. Me preguntaron que por qué no estaba en mi país trabajando en un sitio importante -quedaron muy asombrados ante tanta “formación”- y según preguntándome el por qué haber aceptado este puesto en Ucrania conociendo la situación y el conflicto actual. Mi respuesta fue muy sencilla: en España no encuentro un sitio para mí, no soy feliz viendo cómo mi generación no tiene lugar en la sociedad ni acceso a una profesión. Aquí puedo aprender muchas más cosas esenciales de la vida, ésas que no aparecen en ningún currículum. Cuanto más te alejas de tu zona de confort, menos cosas necesitas llevar contigo, la maleta se convierte en mochila y la mente en una esponja.  Les conté la situación del mundo del arte y la cultura en España, el mangoneo que soportamos participando en el juego del circuito del arte actual, la falta de reconocimiento que sufrimos los jóvenes preparados, las malas prácticas existentes. Y por supuesto les expliqué apasionadamente mi atracción por el desarrollo de iniciativas artísticas en zonas de conflicto, una de las razones de peso de mi estancia en estas tierras.

 

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Mikola, cabeza de familia.

Volviendo a nuestro trabajo durante estas dos semanas, aún recuerdo el primer día que Mikola -el cabeza de familia- me dijo que íbamos a preparar adobe. Primero mezclaron paja, tierra y agua. y posteriormente vertieron la mitad del contenido al suelo -salpicándonos y llenándonos de barro de arriba a bajo- para enseñarnos cómo hacer las bolas de adobe utilizando esa pasta junto con paja seca y tierra para darle la forma y consistencia deseada.
Todo este proceso implicaba diferentes actividades: cavar con la pala para llenar los cubos con tierra, ir con las cestas a recoger los montones de paja, amasar las bolas de adobe, transportarlas en carretilla al interior de la casa.
Según Mikola iba viendo cómo nos desenvolvíamos con las tareas, nos dirigía hacia una actividad u otra. De manera muy benévola nos mandó a las chicas con los cestos a buscar la paja, a los chicos les puso a cavar y llenar cubos con tierra, y a otros les subió al tejado para comenzar a poner el suelo del granero.

Os recuerdo que estamos sin servicio (ni wc ni lavabo), la ducha es un depósito de agua fría en medio del campo y no tenemos agua corriente. Mikola y sus hijos (Kola y Yura) van siempre ataviados de manera campestre y en chanclas, incluso para trabajar en las tareas más duras. Nuestra primera reacción ante el barro, su soltura fruto de la experiencia manejando los materiales, su ritmo al desenvolverse en la actividad, dibujaban un abismo entre nuestras miradas incrédulas y sus ojos desafiantes. Cogí una caja de madera, me senté junto a él en el suelo y seguí sus pasos. Es difícil explicar cómo se hace un buen adobe porque fundamentalmente hay que “sentirlo”. Conseguir el balance adecuado entre la cantidad de barro inicial, añadir la paja seca necesaria, reforzarlo con tierra para que absorba parte del agua y moldearlo enérgicamente para asegurarte de su consistencia.

Imaginad cómo nuestras manos -acostumbradas a las pantallas digitales, a los teclados, al tacto del papel de nuestros libros- estaban ahora dentro de esa masa de barro, estrujando la paja, chapoteando entre el barro.

Algunos estaban muy poco entusiasmados con la tarea y optaron por subirse al tejado a clavar las maderas del suelo del granero o transportar materiales de un lado a otro. Pero aquí una servidora comenzó a disfrutar cada vez más haciendo el adobe. El capataz estaba contento conmigo. Comenzó incluso a hacer bromas, a reírse cuando me salpicaba esporádicamente  y observar mis muecas ante su desparpajo al convertir todo el espacio de trabajo en un auténtico caos similar a una montaña de mierda enorme.


En ese momento decidí que debía implicarme al 200%. Con las manos llenas de barro me dibujé en la cara las dos rayas características de combate. María estaba preparada. La sonrisa de Mikola -que siempre dejaba ver varios dientes dorados- aceptaba mi reto. Me lancé a la tarea no sin antes reírme con él y dibujarle en su cara los mismos signos de batalla.
Disfruté las 6 horas bajo el sol, sudando, pringada entera, estrujando mis manos entre el barro, y preparando finalmente unas bolas de adobe del tamaño de un balón de baloncesto cuando al empezar apenas superaban la forma de una pelota de tenis.
Las risas con las traducciones, mis intentos de hablar ruso, sus largas conversaciones en ucraniano y el aumento de la energía, mayor productividad, comenzaban a hacer memorable la escena.
“Kontrol’! Kontrol’! decía Mikola en voz alta poniéndose en pie para supervisar la producción de cada uno. Desafortunadamente mis compañeros no obtuvieron los mismos halagos que yo, hasta tal punto que me ofreció luego un chupito de su licor casero ( “samogon” самогон, muy típico en Ucrania, hecho de manera artesanal con fécula de patata, ilegal para venderlo y con una graduación altísima) como premio al buen trabajo.

La satisfacción de sentirse útil, capaz, el orgullo de haberme enfrentado con éxito a la tarea y el reconocimiento por su parte, fueron la guinda de la jornada.

Ducha de agua fría. Frotar bien el cuerpo para librarme el barro. Comenzaba a ver por fin mis dedos despejados, magullados, las uñas hechas un desastre. No necesitaba ningún espejo porque era perfectamente consciente de mi sonrisa. Feliz. Ese chupito que casi abrasó mi garganta, no aparecerá dentro de mis méritos o premios en el CV, pero el valor e importancia que tiene para mi es incalculable.

Brindamos al grito de “Слава Україні! Героям слава!” Slava Ukrayini! Heroyam slava!) que se traduciría al español como “¡Gloria para Ucrania! ¡Gloria a los héroes!”, un slogan con mucha historia pero que está recobrando fuerza dadas las circunstancias políticas actuales.