Paso pingüino.

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Amanece nublado.

Todo gris.

Mientras desayuno, por la ventana de la cocina, escucho unos golpes en la calle.

Dos “operarias de limpieza” (dos abuelas equipadas con una pala y una escoba de paja, pañuelo a la cabeza y chaleco distintivo) intentan partir los trozos de hielo del pavimento y amontonarlos a los lados.

En el hall de casa comienzo a vestirme con el montón de ropa que he sacado del armario.

Empiezo por los pies. Hay que superponer las capas.

Calcetines de nieve hasta la rodilla.

Mallas térmicas. Después unas mallas gordas para nieve. Camiseta térmica. Camiseta manga larga. Forro polar de cuello alto. Bufanda. Abrigo. Guantes térmicos. Manoplas impermeables. Gorro.

Empieza a entrarme calor y aún no me he abrochado la cremallera.

La mochila a la espalda, mejor llevar las manos desocupadas.

Estoy sudando. Apago las luces. Cierro la puerta. Tres vueltas de llave.

En la entrada, junto al felpudo, mis botas de nieve.

Salgo al portal y las abuelas siguen dando palazos contra el cemento de la acera.

Veo una chica con tacones agarrada a la papelera.

Me río.

No sé por dónde comenzar a avanzar.

Decido esperar quieta hasta que se acerque alguien con el fin de seguir su rastro. Pasa un joven, demasiado rápido. Espero quieta. Espero la llegada de una señora mayor confiando en que su trayectoria sea fruto de su experiencia

Mi plan no funciona. Ella resiste. Yo patino constantemente.

El recorrido hasta la parada de autobús no es más de cinco minutos. Han pasado casi veinte y aún sigo resbalando.

El espectáculo de tacones, faldas y caídas es una tentación para sacar la cámara.

El miedo a apartar los ojos del suelo o perder el equilibrio al abrir la mochila puede con el capricho de capturar el momento.

Según avanzo comprendo que es mejor llevar la boca cerrada, si caigo al menos no perderé ningún diente. Quizás sea uno de los motivos de las pizas de oro que algunos llevan en su dentadura.

La mochila por supuesto ayuda mucho a que la suerte pueda apoyarse en mi culo antes que en mi nariz.

La carretera o la nieve son las zonas donde parece que hay menos posibilidad de fracaso.

Monto en el bus pisando un profundo charco marrón que me cubre hasta el tobillo.

Sentada respiro profundamente.

Limpio el vaho de la ventana para contemplar con qué habilidad la gente permanece en pie por la calle.

Suena mi móvil. Un mensaje: “Evita salir de casa si puedes”.

Mi compañera me ha advertido un poco tarde.

Maldigo mi suerte.

Hace calor dentro del bus. Pero entran cuchillos cuando abren las puertas en cada parada.

Llegó el momento de bajarse. Creo que los toreros sienten lo mismo al entrar a la plaza. Tengo que salir del autobús entera, tal y como entré.

Tengo que llegar a la parada de metro como sea.

Bajo tierra no habrá más hielo.

Derrapo.

Me agarro a una farola.

Veo a un hombre sujeto a un árbol.

Me paro cada pocos metros observando los movimientos del resto.

Intento averiguar cuál será mi lotería para avanzar estratégicamente.

Nada funciona.

Mis suposiciones de colores, texturas, brillos o formas, tienen siempre las consecuencias opuestas a las que intuía.

Avanzo eligiendo los sitios opuestos a mis lógicas anteriores.

Derrapo.

Caigo.

Derrapo.

Los últimos diez metros hasta la boca de metro son interminables.

Cruzo las puertas de entrada.

Curiosamente mis pies mantienen “el paso pingüino” aún estando en suelo firme.

Sentada ya, dentro del vagón, observo todo el suelo mojado.

Pisadas y rastros en cualquier parte.

Mucha gente.

Todo silencio.

Personas en modo avión.

No hay interacción alguna.

Las capas de ropa les independiza socialmente más aún que los cascos o las pantallas de sus teléfonos.

Me asombra ver que ni si quiera abren las cremalleras de sus abrigos.

Intuyo que su aclimatación al ambiente es mejor que la mía.

Parezco una menopáusica en plena crisis cuando aún no tengo ni treinta.

Me río.

Noto alguna mirada extraña.

Sonrío y bajo la mirada.

“Qué cojones hago yo patinando en Ucrania”.

Sonrío de nuevo.

Fuera gorro.

Fuera bufanda.

Fuera manoplas.

Abro la cremallera del abrigo.

Respiro.

Ya sólo queda una parada.

Cojo aire.

Abrocho cremallera.

Ato mi bufanda.

Me pongo el gorro.

Encajo las manoplas.

Subo bien agarrada al pasamanos de las escaleras mecánicas.

La inclinación de la escala puede rozar casi el vértigo.

Cojo aire.

Salgo a la calle.

Derrapo.

Río feliz imaginándome qué perfil se adapta mejor a mi estilo.

Las muñecas de Famosa.

Robocop.

Chiquito de la calzada.

Michael Jackson.

Derrapo.

Río.

Derrapo.

No exagero.

Mi asombro aún sigue activo.

Ha sido un día eterno.

Y ahora me pregunto,

qué será de mí cuando llegue oficialmente el invierno.

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“UAthentic art stash” workcamp en Петриковка.

Durante dos semanas estaré en un campo de trabajo que coordina mi organización ucraniana. El workcamp se llama “UAthentic art stash”. Estaremos en una pequeña población construyendo una vivienda tradicional ucraniana y aprendiendo las técnicas artísticas de decoración que utilizan.

Comenzaré por el viaje de salida y las primeras impresiones de esta nueva aventura.

Salimos de Kharkiv a las 7:15 de la mañana en un bus realmente cutre, antiguo y destrozado, en el que ni si quiera nos dejaron meter las mochilas al maletero, por lo que tuve que cargar con ella en mi asiento todo el rato. Digamos que tras conocer los trenes nocturnos ucranianos, sus comodidades, no esperaba retroceder en el tiempo tanto cuando me encontré dentro de esa tartana llena de iconos ortodoxos en la cabina del conductor, cortinas antiguas, ventanas sucias, asientos mugrientos y nada de ventilación.

El billete de bus de Kkarkiv a Днепропетровск cuesta 91,30 UAH (5,63 €) son 218 km y tardamos casi 5 horas en llegar incluyendo varias paradas en el recorrido junto con una pausa de 10 minutos para los valientes que quisieran ir al baño o comprar algo de comida en medio de un gentío de vendedores ambulantes, señoras mayores con productos de sus tierras como albaricoques o mazorcas de maíz cocidas.

Durante el recorrido nos topamos con un control militar. Detuvieron el autobús y varios hombres con ropas militares, armados, rodearon el vehículo. Uno de ellos subió al autobús y comenzó a pedir la documentación. Un nudo en mi garganta y el estómago contraído: viajo sin pasaporte y no quería tener problemas. Comencé a buscar mi diccionario en la mochila y preparar la documentación que llevaba explicando los motivos por los que no tenía mi pasaporte conmigo puesto que se ha quedado en la oficina para los trámites de obtención de permiso de residencia ucraniano. Llevo una fotocopia, otra del visado, y un documento sellado como evidencia de que me encuentro en pleno proceso burocrático. Pero no me esperaba tener que enfrentarme a la situación tan pronto. Cuando el militar se acercó y revisó los documentos de tres hombres que había delante mío, después al compañero de mi derecha, y pasó de largo. En ese instante comprendí que sólo estaba identificando a los hombres. Suspiro inmenso. Escondí todos los papeles lo más rápido posible y cerré los ojos.

Sobre el medio día llegamos a la estación de autobuses de Днепропетровск nos encontramos un panorama de pasillos llenos de tiendas de todo tipo a modo de bazar que no ayudaban demasiado a orientarse ni localizar a nuestro contacto.

Compramos el billete para ir desde Днепропетровск a Петриковка, que fueron 23 UAH (1,41 €) 52km y continuamos el viaje en otro autobús. Esta vez algo más pequeño, lleno de gente incluso en el pasillo de pie, afrontando una hora más de trayecto.

Tras llegar a nuestra parada en Петриковка sobre las 13:30 nos encontramos con una antigua estación de buses y un par de tiendas cerca. Mi vejiga necesitaba un respiro porque desde las 6 de la mañana que habíamos salido de Kharkiv, no había encontrado el momento ni el lugar, pero los servicios de aquel sitio no invitaban a ello. Nada más entrar allí, los olores, las moscas, el estado en el que se encontraba… Volvíamos a retroceder en el tiempo. En situaciones como esas me acuerdo de la primera vez que viajé al Sáhara Occidental. Ni punto de comparación. Pensé que mis viajes al desierto y a la pobreza de los campos de refugiados me habían curado de espanto, pero resulta que aunque aquí estén alejados de África, las condiciones no son precisamente mejores.

La humedad, el calor y la falta de aire fresco, nos acompañaban desde el primer momento. Había que beber agua continuamente pero el cansancio y el hambre tomaban posiciones.

Allí esperando, medio dormidos sobre nuestras mochilas, en aquel apeadero de Петриковка impacientes porque nos llevasen a la zona donde íbamos a alojarnos.

Vinieron a recogernos en una furgoneta. Nos adentramos en el medio rural aún más. Cada vez nos distanciábamos más del pueblo. Kilómetro tras kilómetro contemplando un paisaje estupendo con campos de maíz, girasoles, y otros cultivos.

Llegamos a una propiedad típica y tradicional ucraniana. Paredes blancas con flores pintadas decorando la fachada, los marcos de las ventanas, el pozo, y cualquier tipo de cobertizo. Muchos árboles frutales y adornos populares. Gallinas, cerdos, ocas, conejos, pavos, gatos y un par de perros completaban la escena. Cada vez más lejos de la ciudad,  de cualquier zona de confort y más cerca de nuevas aventuras.

Un pequeño paseo. Reconocer el terreno y enseñarnos las cosas más importantes. Entramos en la vivienda nos íbamos a alojar:  una casa antigua decorada a la manera tradicional, cortinas de raso, pañitos bordados, cerámicas pintadas, cenefas de flores en las paredes, cintas de colores, utensilios antiguos por todas partes.

El servicio – wc – está a unos 2 minutos de la casa donde dormimos. Frente a los cerdos y junto a los conejos. Cuando abrí la puerta de aquella caseta de madera, ya sabía lo que podría encontrarme dentro.

También tenemos una “eco-friendly” ducha. Otra caseta de madera en el exterior con un depósito de agua encima que se rellena con el agua de un pozo o de la lluvia. Ideal para despertarse por la mañana y dar un par de gritos.

Afortunadamente aunque no tenemos agua corriente, hay electricidad, frigorífico e incluso microondas. Y finalmente conexión a internet y wifi.

La familia que regenta la propiedad es un buen ejemplo del carisma rural ucraniano. Una sonrisa constante, predisposición para entendernos aún sin hablar el mismo idioma y voluntad para ayudarnos en todo momento.

Tras una fantástica comida casera (sopa completa, ensalada, vareniki de patata, y unos bollos rellenos de frutas deliciosos) nos tuvimos que refugiar durante horas en el cobertizo. Primero una tormenta, lluvia intensa y finalmente un granizo increíble del tamaño de cúbitos de hielo.

Varias horas retenidos por las lluvias que nos sirvieron para hablar más con la familia y que nos enseñaran una muestra de todas las manualidades que aquí elaboran como buenos artistas y artesanos que son. Desde bordados, pinturas, alfombras, muñecas de trapo y útiles de madera pintados. Todo decorado con un exceso de adornos florales y vegetales que hacen que cada pieza merezca su reconocimiento.

El terreno se había llenado de barro y grandes charcos. Era casi imposible volver a la casa por el camino habitual por lo que encontramos una nueva vía para evitar así las zonas de barro de los cultivos.

El día termina en una estrecha cama de muelles, sin colchón, en una habitación azul llena de flores. Maravilloso.

Es fin de semana y no trabajamos. El lunes comenzaremos nuestras tareas. Hemos venido aquí a construir una vivienda al estilo tradicional (paredes de adobe, tejado de paja), encalarla, y decorarla posteriormente si nos da tiempo. Nos esperan dos semanas de trabajo intenso, rodeados de un paisaje precioso, aire puro, tranquilidad y una inmersión completa en la cultura ucraniana rural.

El campo de trabajo tiene dos coordinadores (mi compañera polaca Bárbara y un chico ucraniano, Volodimir) junto con media docena de participantes. Haremos un buen equipo y esperamos cumplir con nuestras tareas.

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La anécdota de la vaca.

A los poquitos días de aterrizar de nuevo en Kharkiv, Este de Ucrania mi agenda tenía marcado otro viaje para el siguiente curso de formación de la Comisión Europea, pero me voy a centrar en una anécdota graciosa para que veáis mis torpezas intentando aprender la lengua rusa.

Resulta que íbamos camino del hotel en un taxi, en una zona muy rural, mi compañera de trabajo y yo, cargadas con todo el material que la organización necesitaba para el curso al que asistíamos como participantes pero también como equipo técnico.

Partimos de la famosa ciudad de Lviv, al Oeste de Ucrania, en dirección a Pustomiti, a un pueblecito muy pequeño donde hay un resort hotelero de retiro, naturaleza, junto a unos lagos y un paisaje precioso.

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Un taxista muy peculiar, con rasgos muy característicos y un par de dientes de oro. Un taxi bastante descuidado, la bandera de Ucrania en el salpicadero y un icono ortodoxo presidiendo la escena bajo el retrovisor central. Aquí una servidora iba de copiloto, mi compañera Bárbara en el asiento trasero junto con nuestro equipaje y el maletero cargado al completo de material.

Un trayecto de unos 20km lleno de baches, botes, haciendo zig-zag con el taxi y recorriendo el doble de pista con tal de no dejarse los bajos en ningún socabón. 

Bárbara y yo hablando en inglés a voces para escucharnos desde el asiento delantero al trasero, las ventanillas abiertas, la radio de fondo, mientras el señor taxista me preguntaba todo tipo de cosas en ruso para amenizar el trayecto. Después de varias frases me solté, y aproveché para decirle que en España tenemos a Fernando Alonso y solemos pisar el acelerador un poquito más para pagar menos en el taxi. Captó la indirecta, pero nuestros traseros experimentaron los baches también.

Yo, toda orgullosa de haberme entendido en ruso con el señor, seguía prácticando vocabulario y frases de cortesía, mientras él se reía libremente de mis esfuerzos intentando descifrar mis composiciones lingüísticas. Mi valentía y esparpajo avanzaban más rápido que el velocímetro del taxi.

Nos adentramos en la pequeña población donde está situado el resort hotelero. De nuevo, oso a animar al taxista a aligerar el ritmo, giramos una calle a la derecha y nos topamos de frente con una señora tirando de una vaca enorme. 

Y aquí viene la escena, (con transcripción fonética)

María: “savaca”! “savaca”! STOP! “savaca”!

Taxista: niet! niet! niet sobaka!

María: “savaca”! “savaca”! STOP! STOP!

Baja la velocidad. Parados en el centro de la carretera. Bárbara desde el asiento trasero riéndose sin parar. El taxista a carcajadas enseñándome sus dientes de oro casi con flato de la risa. Mi cara todo un poema ante tal situación. La señora con la vaca se retiran. Siguen las risas dentro del taxi. Y yo sigo agarrada al salpicadero mirando al animal, sin enterarme de nada.

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Para aclarar el chiste: en ruso “собака” (sobaka) significa “perro”, mientras que “vaca” se dice “корова” (korova). Después de ese día nunca más confundiré esas dos palabras.