La Ucrania rural.

Tal y como os conté en el último post, he estado en un campo de trabajo – workcamp- en una zona rural de la Ucrania profunda. Conseguimos tener internet durante unos días, pero al final se nos acabó el “chollo”. Así que retomo aquí los posts que fui escribiendo durante mis ratos libres.

Un “workcamp”, para quienes no estén familiarizados con el concepto, son un tipo de campamentos, la mayoría de ellos en verano, en los que se desarrolla un trabajo/actividad -físico- relacionado con algún tema en concreto. En este caso nuestra jornada es de 6 horas al día, de lunes a viernes, construyendo una vivienda a la manera tradicional ucraniana. Paralelamente aprendemos las técnicas tradicionales de pintura y decoración ucranianas, que caracterizan al pueblo en que nos encontramos, Петриковка (Petrykivka), una masterclass por categoría.

Ya hemos afrontando la mitad de nuestra estancia y las agujetas comienzan a pasar factura. El tiempo parece que ha decidido compadecerse de nosotros, nos ayuda con aire fresco, alguna tormenta y temperaturas agradables.

La tarea principal de esta semana ha sido preparar el cañizo para el tejado y el adobe para las paredes. Retomamos la construcción que iniciaron el verano pasado otros compañeros para poder terminar, en algún momento, la vivienda.

Me resulta realmente curioso cómo la primera charla que tuve con la familia que regenta estas tierras, fue sobre mi profesión y currículum. Comenzaron preguntándome por mi procedencia, si hablaba idiomas, qué hacía en Ucrania, a qué me dedicaba. Cuando les conté brevemente mi trayectoria, se mostraron realmente sorprendidos ante mi descripción. Me preguntaron que por qué no estaba en mi país trabajando en un sitio importante -quedaron muy asombrados ante tanta “formación”- y según preguntándome el por qué haber aceptado este puesto en Ucrania conociendo la situación y el conflicto actual. Mi respuesta fue muy sencilla: en España no encuentro un sitio para mí, no soy feliz viendo cómo mi generación no tiene lugar en la sociedad ni acceso a una profesión. Aquí puedo aprender muchas más cosas esenciales de la vida, ésas que no aparecen en ningún currículum. Cuanto más te alejas de tu zona de confort, menos cosas necesitas llevar contigo, la maleta se convierte en mochila y la mente en una esponja.  Les conté la situación del mundo del arte y la cultura en España, el mangoneo que soportamos participando en el juego del circuito del arte actual, la falta de reconocimiento que sufrimos los jóvenes preparados, las malas prácticas existentes. Y por supuesto les expliqué apasionadamente mi atracción por el desarrollo de iniciativas artísticas en zonas de conflicto, una de las razones de peso de mi estancia en estas tierras.

 

la foto 1

Mikola, cabeza de familia.

Volviendo a nuestro trabajo durante estas dos semanas, aún recuerdo el primer día que Mikola -el cabeza de familia- me dijo que íbamos a preparar adobe. Primero mezclaron paja, tierra y agua. y posteriormente vertieron la mitad del contenido al suelo -salpicándonos y llenándonos de barro de arriba a bajo- para enseñarnos cómo hacer las bolas de adobe utilizando esa pasta junto con paja seca y tierra para darle la forma y consistencia deseada.
Todo este proceso implicaba diferentes actividades: cavar con la pala para llenar los cubos con tierra, ir con las cestas a recoger los montones de paja, amasar las bolas de adobe, transportarlas en carretilla al interior de la casa.
Según Mikola iba viendo cómo nos desenvolvíamos con las tareas, nos dirigía hacia una actividad u otra. De manera muy benévola nos mandó a las chicas con los cestos a buscar la paja, a los chicos les puso a cavar y llenar cubos con tierra, y a otros les subió al tejado para comenzar a poner el suelo del granero.

Os recuerdo que estamos sin servicio (ni wc ni lavabo), la ducha es un depósito de agua fría en medio del campo y no tenemos agua corriente. Mikola y sus hijos (Kola y Yura) van siempre ataviados de manera campestre y en chanclas, incluso para trabajar en las tareas más duras. Nuestra primera reacción ante el barro, su soltura fruto de la experiencia manejando los materiales, su ritmo al desenvolverse en la actividad, dibujaban un abismo entre nuestras miradas incrédulas y sus ojos desafiantes. Cogí una caja de madera, me senté junto a él en el suelo y seguí sus pasos. Es difícil explicar cómo se hace un buen adobe porque fundamentalmente hay que “sentirlo”. Conseguir el balance adecuado entre la cantidad de barro inicial, añadir la paja seca necesaria, reforzarlo con tierra para que absorba parte del agua y moldearlo enérgicamente para asegurarte de su consistencia.

Imaginad cómo nuestras manos -acostumbradas a las pantallas digitales, a los teclados, al tacto del papel de nuestros libros- estaban ahora dentro de esa masa de barro, estrujando la paja, chapoteando entre el barro.

Algunos estaban muy poco entusiasmados con la tarea y optaron por subirse al tejado a clavar las maderas del suelo del granero o transportar materiales de un lado a otro. Pero aquí una servidora comenzó a disfrutar cada vez más haciendo el adobe. El capataz estaba contento conmigo. Comenzó incluso a hacer bromas, a reírse cuando me salpicaba esporádicamente  y observar mis muecas ante su desparpajo al convertir todo el espacio de trabajo en un auténtico caos similar a una montaña de mierda enorme.


En ese momento decidí que debía implicarme al 200%. Con las manos llenas de barro me dibujé en la cara las dos rayas características de combate. María estaba preparada. La sonrisa de Mikola -que siempre dejaba ver varios dientes dorados- aceptaba mi reto. Me lancé a la tarea no sin antes reírme con él y dibujarle en su cara los mismos signos de batalla.
Disfruté las 6 horas bajo el sol, sudando, pringada entera, estrujando mis manos entre el barro, y preparando finalmente unas bolas de adobe del tamaño de un balón de baloncesto cuando al empezar apenas superaban la forma de una pelota de tenis.
Las risas con las traducciones, mis intentos de hablar ruso, sus largas conversaciones en ucraniano y el aumento de la energía, mayor productividad, comenzaban a hacer memorable la escena.
“Kontrol’! Kontrol’! decía Mikola en voz alta poniéndose en pie para supervisar la producción de cada uno. Desafortunadamente mis compañeros no obtuvieron los mismos halagos que yo, hasta tal punto que me ofreció luego un chupito de su licor casero ( “samogon” самогон, muy típico en Ucrania, hecho de manera artesanal con fécula de patata, ilegal para venderlo y con una graduación altísima) como premio al buen trabajo.

La satisfacción de sentirse útil, capaz, el orgullo de haberme enfrentado con éxito a la tarea y el reconocimiento por su parte, fueron la guinda de la jornada.

Ducha de agua fría. Frotar bien el cuerpo para librarme el barro. Comenzaba a ver por fin mis dedos despejados, magullados, las uñas hechas un desastre. No necesitaba ningún espejo porque era perfectamente consciente de mi sonrisa. Feliz. Ese chupito que casi abrasó mi garganta, no aparecerá dentro de mis méritos o premios en el CV, pero el valor e importancia que tiene para mi es incalculable.

Brindamos al grito de “Слава Україні! Героям слава!” Slava Ukrayini! Heroyam slava!) que se traduciría al español como “¡Gloria para Ucrania! ¡Gloria a los héroes!”, un slogan con mucha historia pero que está recobrando fuerza dadas las circunstancias políticas actuales.

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